viernes, 30 de agosto de 2013

Harmonia Mundi: Nuits d'été, Hector Berlioz

En la calle Sagasta, bajando desde la glorieta de Bilbao, unas veces después de tomar un café en el Comercial; otras subiendo desde Alonso Martínez, a mitad de la calle estaba Harmonía Mundi, una tienda pequeña que debía ser del sello de discos. Como digo, la tienda era pequeña, estrecha, difícilmente cabían dos personas entre los estantes de discos. La dependienta, una chica menuda, era delicioso tratar con ella, siempre tenía una respuesta oportuna y amable a cualquier pregunta. No es que hablase mucho con ella, pero daba confianza.

Solía ir allí con el programa del Auditorio Nacional ya aprendido y le consultaba cualquier obra antes de ir a escucharla, o simplemente pedía el disco si la obra ya la había escuchado. Una tarde, incluso, otro comprador me reprendió cuando dije que me costaba encontrar la 2ª Sinfonía de Mendelssohn y la chica, muy decidida, salió en mi defensa; al parecer algunos melómanos son muy apasionados en lo suyo. La cuestión es que la tienda ha cerrado, el mundo de la música y del disco ha cambiado mucho y ahora casi todo se compra a través de internet o en grandes almacenes, y estas tiendas en definitiva han ido cerrándose una tras otra.

No sé si decir que lo siento por la casa de discos, porque seguirá vendiendo de una forma u otra; o por la dependienta que probablemente ya tenga otro empleo u otro puesto en la compañía, sobre todo lo siento por mi y por aquellos que nos acercábamos, programa en mano, para interesarnos por una obra. De aquella tienda compré obras de Monteverdi, Haydn, Telemann, HaendelPiazzola o Nino Rota, de todo un poco, obras que uno se pregunta si las podrá comprar o comentar sabiendo qué compra; obras tan singulares como la de Telemann, Tafelmusik, música compuesta para ser tocada mientras se comía.

Todo esto viene a colación, no porque ayer pasara frente a la tienda cerrada, las letras arrancadas de la fachada, donde ahora hay una tienda de moda, sino por un disco que nunca he acertado a oír en su estación: Nuits d'été, de Hector Berlioz, una obra que siempre he querido oír bajo la parra de mi corral una noche de verano, mientras contemplo a Casiopea sobre el campanario de la iglesia de Mingorría. Son, según la explicación de la contraportada, "Seis melodías para mezzo-soprano y orquesta sobre poemas de Théophile Gautier". A mi en particular me encanta el tema Le spectre de la rose, de una dulzura inexplicable, también Sur les lagunes, muy dramático, y el lirismo de L'ile inconnuee. El disco se completa con la obra Herminie "Escena lírica para soprano y orquesta". Pero no escribo esto para analizar los temas, primero porque no sabría hacerlo, y segundo porque sólo acertaría a poner los adjetivos que me sugieren tanta belleza, sino como colofón a estos días de estío y recordar que siempre hay cosas que se nos quedan en el tintero y para mí una de ellas ha sido ésta.

Ahora se acaba el verano y, sobre todo en Mingorría, hace demasiado frío para escucharla de noche en el corral, pero sin duda el próximo o al siguiente verano la oiré, y entonces me acordaré de la dependienta menuda que me hablaba de Monteverdi y de Piazzola, de la pasión de Josep Pons por el tango, del vals del Gatopardo de Nino Rota, o la peculiaridad de la voz del contratenor en Il duello amoroso de Haendel.

miércoles, 28 de agosto de 2013

La Cueva del Águila


El día había sido caluroso, al coger el coche en Candeleda estábamos a 40º a las 4 de la tarde. Tomamos dirección a Arenas de San Pedro. Antes de llegar al cruce de Ramacastañas vimos el cartel del desvío que lleva a la Cueva del Águila. Es un desvío tortuoso, la carretera se estrecha y hace casi imposible el paso de dos coches. Al salir de una de las curvas nos encontramos un rebaño de cabras que ocupaba toda la calzada. El cabrero caminaba despacio, como si no nos hubiese visto; el perro ladraba nervioso e intentaba reunir a los animales que se rezagaban en la cuneta. El cabrero, de espaldas, levantó una mano  indicando hacia la derecha, hacia un prado donde comenzó a entrar el rebaño al cabo de unos minutos. Unos metros más adelante, tras otra curva había una casa de labranza con corrales y dependencias para el grano y las bestias, estaba abandonada desde hace años, los tejados hundidos y las zarzas dueñas de las paredes de piedra que habían perdido el enfoscado de barro hacía tiempo.

El día de Nochebuena de 1963, 5 muchachos ponían trampas en esta finca, el Cerro de Romperropas, en una pequeña cordillera llamada del Águila a los pies de Gredos. Uno de ellos encontró un agujero entre las hierbas; pensaron que quizá era una madriguera. Ensancharon el agujero con las manos y fueron entrando reptando unos 50 metros hasta penetrar en la gruta. Allí estuvieron 6 horas perdidos y desorientados, sin ser capaces de encontrar de nuevo la salida. El guía no cuenta si llevaban luz, sólo que cuando consiguieron salir dieron aviso y un grupo de espeleólogos hizo oficial el descubrimiento. Acababan de romper un sello que la naturaleza había guardado durante 14 millones de años. El 18 de julio del siguiente año, imagino que con los fastos del régimen franquista, se inaugura al público. Sin embargo hay casos en los que las fechas se diluyen en el tiempo como una gota de agua en el océano.

El guía avisa que nadie debe abandonar las rutas marcadas, ni hacer fotografías con flash y no tocar las formaciones. Son 10.000 metros cuadrados de gruta a 20º de temperatura, a unos 45 metros bajo el suelo. El espectáculo es formidable, como lo es cuando la naturaleza se muestra espontánea y salvaje. Las filtraciones de agua y torrentes subterráneos socavaron el subsuelo y formaron la gran cavidad. Al cesar estos movimientos comienzan las filtraciones de agua de lluvia que gota a gota, durante esos 14 millones de años, han ido creando estalactitas, estalagmitas, coladas, ... "para crear un centímetro de estalactita es preciso el goteo constante de 150 años" dice el guía. Los visitantes comienzan a desperdigarse siguiendo las rutas marcadas.

Uno cabe preguntarse cómo era aquella gruta unos años antes, en el silencio de la oscuridad quizá sólo roto por el insignificante salpicar de una gota de agua. Sobre el techo hay una formación curiosa. Una estalactita de un metro de diámetro se ha partido, ahora hay varias más finas, de poco más de medio metro. Puede que la más grande, que reposa en el suelo y ya es base de estalagmitas, cayera hace mil años y es difícil imaginar el estruendo que provocó. Me recordó un párrafo del Virginia Woolf en su Al Faro cuando describe la soledad de una casa: "los aires eran la vanguardia de ejércitos poderosos", sólo el aire, porque aquí en la cueva no hay luz, ni formaciones que hombre haya tallado, ni dioses, ni ídolos, sólo el trabajo lento y constante del agua.

Al fondo pude oír el sin número de figuras que se pueden imaginar: una virgen, una mano, el pliegue de una manta de color ocre, como miel trasparente,.. alguien cruza por donde no debe y el fogonazo prohibido de un flash hace gritar al guía recriminando al fotógrafo. Al cabo de poco más de media hora para hacer todo el recorrido, salimos cansados y satisfechos, temerosos del calor que hacía afuera.

viernes, 23 de agosto de 2013

El pastelero de Madrigal


Hay pueblos que por su nombre ya evocan su rango, como Madrigal de las Altas Torres. Villa amurallada en la Moraña abulense, conserva aún 23 de sus más de 100 altas torres y sus 4 puertas, sus iglesias, entre la que destaca la de San Nicolás, con una torre de 40 metros, y el palacio de Juan II donde nació la reina Isabel la Católica, hoy convento de las Agustinas.
Mi amigo Goyo, que es de Madrigal, siempre me presenta en cada encuentro a su amigo Gabriel como "el pastelero de Madrigal.", y lo hace porque es pastelero, de Madrigal y se llama Gabriel; y aunque parezca una obviedad, evoca al personaje que vivió en tiempos de Felipe II, Gabriel de Espinosa, cuya historia voy a recordar.

Antiguo palacio de Juan II, 
actual convento de las Agustinas
Vamos a comenzar nuestra historia en la Navidad de 1576, en Guadalupe (Cáceres) en un encuentro entre el rey Felipe II y su sobrino Don Sebastián, rey de Portugal. En este encuentro intentaba convencer el rey Felipe a su sobrino de los peligros de embarcarse en la conquista de Marruecos,  Don Sebastián era un joven impetuoso que tenía fama de ser más amigo de la milicia que incluso de las mujeres, por lo que aún no había tenido descendencia ni procurado un heredero al trono. No sólo no consiguió su propósito el rey Felipe sino que accedió a engrosar las filas de la expedición que había organizado su sobrino al norte de África con hombres y barcos.

El 4 de agosto de1578 Don Sebastián al frente de un ejército cristiano que incluía la flor y nata de la nobleza portuguesa, se enfrentan a un poderoso ejército bereber en Alcazarquivir sufriendo una estrepitosa derrota. En la batalla, también conocida como la “Batalla de los tres Reyes” muere Don Sebastián así como los dos reyes musulmanes que participaron en ella. Según algunas fuentes los nobles capturados reconocieron el cuerpo del rey sin vida. Días después llegó la noticia a la corte de Madrid sumiendo en una profunda tristeza al rey Felipe. En Portugal se eligió sucesor al tío abuelo de Don Sebastián, el cardenal Enrique, que contaba con 67 años, sordo, casi ciego y enfermo de tuberculosis. En tal estado y en espera de un desenlace fatal se apremió al anciano para que designara un sucesor. Muere en enero 1580, sin designarlo. Ahora los pretendientes directos eran Felipe, rey de España y  Antonio, prior del convento de Crato y sobrino de Enrique. Felipe reclamará el trono de Portugal porque consideraba que le correspondía en justicia.
Iglesia de San Nicolás
Para alcanzar su propósito Felipe, ya antes de la muerte de Enrique, puso en marcha su poderosa maquinaria burocrática diplomática y militar. Nombró un enviado especial en la corte portuguesa, Cristóbal de Moura, con la misión de ir captando adeptos entre la nobleza y el clero portugueses, e ir  comprando voluntades. Se hicieron alianzas entre la nobleza de ambos lados de la frontera desde Galicia a Andalucía. Armó una flota al mando de Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, y formó un ejército de 47.000 hombres, la mitad españoles y la otra mitad alemanes e italianos a las órdenes del ya anciano de 73 años Duque de Alba. La opción militar era la última deseada por el Reysobre todo vistos los resultados e impopularidad que había alcanzado la Corona en Flandes, precisamente de la mano de Alba aunque, como argumentara el enviado Moura al propio Rey: “tengo grande esperanza que con tener a punto las espadas no ha de menester echar mano a ninguna”.
Mientras, el pretendiente y prior de Crato fue proclamado rey con el título de Antonio I, con el apoyo de numerosos portugueses. Los Tercios al mando de Alba cruzaban la frontera encontrar prácticamente resistencia, a la vez que la Armada se plantaba frente a Lisboa donde sí hubo una feroz resistencia. Antonio tuvo que huir hacia el norte y fue rescatado por un navío inglés que lo llevó a las Azores. El 12 de septiembre de 1580, nueve meses después de la muerte de Enrique, es aclamado Felipe II rey de Portugal. En 1582 se traerán los restos casi sin identificar de Don Sebastián y se le dan sepultura en los Jerónimos de Belém en presencia de Felipe II.

Entre los portugueses comenzó a correr la leyenda de que el desaparecido rey Don Sebastián no había muerto y que regresaría tras 7 años de penitencia. A partir de 1585 aparecieron varios sebastianes, lo que se llamó el Sebastianismo, que alimentaron las esperanzas de los seguidores de Antonio de Crato de restituir a un portugués en el trono. El más celebrado de estos sebastianes fue Gabriel de Espinosa, aparecido en 1594 y conocido como el Pastelero de Madrigal. La trama, al parecer, fue urdida por el cura portugués, Miguel Dos Santos, que creyó ver en Espinosa al desaparecido Don Sebastián, y así lo aseguró hasta el mismo día de su muerte. Probablemente el asunto se hubiese despachado con rapidez de no haber estado implicada Doña Ana de Austria, sobrina de Felipe II.
Puerta de Peñaranda


En Madrigal, Dos Santos, que había sido confesor de Don Sebastián y conocía cosas que por su condición sólo él sabía, creyó reconocer en el pastelero al rey desaparecido. El fraile ganó la confianza de Doña Ana de Austria que vivía en el convento de las Agustinas. Doña Ana, tenía 26 años, era hija ilegítima de Juan de Austria, por tanto sobrina de Felipe II y prima de Don Sebastián. El fraile presentó al pastelero a la joven, asegurando que era su primo y que ambos, destinados a casarse, restaurarían en el trono de Portugal a Don Sebastián y que el mismo Felipe II no tendría reparo alguno al reconocer en la persona del pastelero a su sobrino. El pastelero fue presentado a varios nobles portugueses y enseguida recibió el apoyo de Antonio de Crato, Antonio Pérez y Enrique IV de Francia, los más fervientes enemigos de Felipe II.
Como parte de la trama, Espinosa recibió de Doña Ana joyas que, una vez vendidas, aportarían fondos a la causa. Con las joyas en su poder marchó Espinosa a Valladolid pero antes de venderlas, el incauto, se las enseñó a una mujerzuela que al verlas creyó que eran robadas. Por miedo a ser tomada por cómplice, denunció a Espinosa ante el Alcalde de Valladolid, don Rodrigo de Santillana. Éste, registró los bienes de Espinosa, encontrando cartas de Doña Ana y del fraile Miguel Dos Santos y en las que se le trataba de “Majestad”, y averiguó sobre las visitas de los nobles portugueses. Interrogado por el origen de las alhajas Espinosa dijo haberlas recibido de Doña Ana. El alcalde Santillana viajó entonces a Madrigal para interrogar a Doña Ana en persona quién respondió reconocer en Espinosa al desaparecido como Don Sebastián  apremiando al alcalde a dejarlo libre si no quería ser objeto de su ira. El alcalde, lejos de amedrentarse, puso en conocimiento de la Corte el asunto recibiendo como respuesta que continuase sus averiguaciones.

La postura de Espinosa, en constante contradicción y ambigüedad, ya confesaba ser un alto personaje, ya un simple pastelero, de modales refinados y cultos, confundíeron al alcalde y a los jueces que llegaron a creer que si bien Espinosa no era rey, sin duda debía ser un gran personaje. Desde la Corte, para poner fin a tanta dilación, se ordenó dar tormento a los detenidos y al cabo confesó su impostura Espinosa. Natural de Toledo, tejedor de oficio, a causa de una muerte anduvo huido por Portugal de donde volvió en 1590 con mujer y una hija, instalándose en Madrigal donde ejercía de pastelero. No obstante, tan metido debía estar en su personaje que hasta el mismo momento de su muerte no dejó de mostrarse ambiguo en su identidad.

Puerta de Cantalapiedra
Tras diez meses de proceso, el 1 de agosto de 1595, Espinosa fue condenado a la horca por conspirador y usurpador, fue ahorcado, decapitado y descuartizado; su cabeza expuesta en una pica frente al ayuntamiento de Madrigal y sus miembros expuestos en cada una de las cuatro puertas de la villa. El fraile Miguel Dos Santos corrió la misma suerte, y murió ajusticiado en la plaza Mayor de Madrid, su cabeza fue enviada a Madrigal para ser exhibida también en una pica en el ayuntamiento. Doña Ana de Austria fue recluida en estricta clausura en un convento de Ávila. Muerto Felipe, su hijo y sucesor, Felipe III perdonó a Doña Ana y la restituyó en el convento de las Agustinas de Madrigal.

Para esta historia podéis consultar más detenidamente las entradas de los blog:
Para la entrada leí los siguientes libros:
Los usurpadores, Aya, Francisco, Alianza Editorial, 1988
Los Austrias Mayores y la culminación del Imperio (1516-1598), Fernández Álvarez, Manuel y Díaz Medina, Ana, Ed. Gredos, 1987
Felipe de España, Kamen, Henry, Siglo XXI, 1997
Vida íntima de los Austria, Díaz-Plaja, Fernando, Edad, 1991
Madrigal de las Altas Torres, cuna de Isabel la Católica, Moreno y Rodrigo, Román, Ed. Medrano, 1949
Traidor, inconfeso y mártir, Zorrilla, José. Prólogo de la edición de Ricardo Senabre, Cátedra, 1990

martes, 20 de agosto de 2013

Aldeavieja: Caminante en el tiempo

Aldeavieja. N-110. Construyeron la gasolinera. Pensaron que sería un buen negocio. Una tarde camino de Mingorría paré en ella. A la izquierda había una montaña gris, a veces parecía negra, a la que le faltaba un trozo, como si la hubiesen mordido. Detrás de la gasolinera, sobre un monte, un poco a la derecha, una ermita derruida. Para llegar hasta la gasolinera la carretera cruzaba un bosquecillo de robles donde a veces había vacas y alguna vez, algún que otro caballo. Desde allí falta casi un kilómetro para llegar al pueblo.

    Lo malo no es contemplar a un perro atropellado
       junto a la cinta gris de la autopista …     José Agustín Goytisolo

Al entrar en el pueblo, junto a la iglesia, frente a la entrada hay una peana sin cruz que pone AÑO de 1666, los restos de la cruz y trozos de herradura clavados para fijarla, parecen todo uno. En un pequeño hueco lleno de agua, de donde surgen los trozos de herradura como hierbas de hierro, un gorrión bebe confiado, ajeno al aspersor. Pasa un Ford Mustang, color rojo. Acelera con estrépito y se aleja calle arriba hasta incorporarse a la carretera. Lo miro sin disimulo. Son las 10:30.

Hubo, no sé por qué razón, que prolongar la autopista AP-51, de Villacastín a Ávila. Talaron unos metros del bosquecillo de robles y las vacas y los caballos desaparecieron. Entonces la gasolinera se abandonó porque pensaron que ya no había el suficiente tráfico para generar negocio. A la izquierda, lentamente, la montaña gris iba deshaciéndose, despareciendo, comida metro a metro por camiones con una voracidad de carcoma. Más al fondo, sobre las montañas del horizonte, azules y negras a tramos, colocaron molinos eléctricos: unas veces giran rapidísimos, con el viento del Este, otras, sin viento, a veces con frío, otras con calor asfixiante, el aire quieto no mueve las aspas. Alguien compró la ermita y comenzó a reconstruirla.

Un hombre con mono azul, subido en una especie de andamio móvil, limpia desde lo más alto de la bóveda de la iglesia, con una escoba, las estaciones del Vía Crucis. Me pide que pase y me retire, que va a bajar el andamio hidráulico. Una pareja de golondrinas revolotea dentro de la iglesia. En el coro debió haber un día un órgano, ahora sólo hay unos muebles vacíos debajo de una ventana  orientada al oeste. Me cuenta que la bóveda tenía 13 metros de altura. Me paro frente a una lápida de granito muy desgastada, tiene grabada una cruz de Calatrava, donde esta enterrado Sanchez (y su) muger en 1690.

            Yo no sé qué piensan de mí, sino que soy de hierro o de piedra, y en verdad han de ver que soy mortal como los demás.           Felipe II

La gasolinera, ya abandonada era soporte para carteles de circo: Próximamente Gran Circo Royal. Por allí pasó DOB, Chuso y Morid. En invierno se han helado los charcos de las tormentas otoñales; la ventisca ha caído sobre los restos de baldosas desconchadas, cristales rotos y el hormigón desnudo. Las vigas que soportan la techumbre se han oxidado. En primavera, el deshielo, si es que hubo hielo durante el invierno, va abriendo grietas en el asfalto, y tras la pared ha empezado a brotar una zarza y un olmo que acabará levantando el suelo. A la izquierda en el horizonte la montaña gris ha desaparecido por completo; a la derecha, sobre el monte, la ermita recién reconstruida resplandece revestida de piedra parda. Sólo una lagartija corre asustada a mi paso. En el interior de la gasolinera alguien ha dibujado dos ojos y escrito debajo: Caminante en el tiempo.







jueves, 15 de agosto de 2013

Casa de las Batallas: Doña María la Brava

Es la de Mingorría una biblioteca de las que se fundaron durante la II República gracias a la ingente labor de las Misiones Pedagógicas. En un mueble aparte, junto a la mesa del bibliotecario están los ejemplares sobrevivientes que sirvieron para iniciar esa biblioteca. Estos libros, y con buen criterio del bibliotecario, sólo se prestan para ser leídos en la sala y no se pueden sacar de la propia biblioteca.

Hace unos veranos, como todas las tardes aún, solía ir a la biblioteca para leer y tomar notas, charlar con los asiduos y echarle un vistazo la prensa del día. Una tarde, mirando esta colección, me fijé en un ejemplar: AlarcónViajes por España. Como no podía llevarme el libro, decidí leerlo allí en los ratos que las charlas me dejaban. El libro comienza con una Visita al Monasterio de Yuste y sigue con Dos días en Salamanca. Este viaje a Salamanca se hacía porque se acababa de inaugurar el último tramo de la línea de Ferrocarril de Medina del Campo a Salamanca en 1877.

Alarcón, que confiesa admirador de la arquitectura renacentista, va relatando el mérito arquitectónico de los edificios salmantinos: Plaza Mayor, Casa de las Conchas, Universidad,  hasta llegar a uno de ellos, la Casa de las Batallas en la que se para a narrar, no el estilo ni el mérito artístico del edificio, sino la historia de los sucesos que ocurrieron allí y que a modo de recordatorio inscribieron en el arco de la puerta de la casa Ira odium generat, Concordia nutrit amoren. Esta es la historia de  Dª María Rodríguez conocida como La Brava.

Estos hechos dividieron Salamanca en dos bandos de una rivalidad feroz, “dos bandos encabezados por los de San Benito y el de Santo Tomé, una situación que durante más de cuarenta años ensangrentará Salamanca, “gran trabajo e muertes de hombres e otros assaz grendes males, que por cabsa de los vandos nuevamente en Salamanca avían recrecida”. Todo comenzó en 1465, durante un juego de pelota en el que dos hermanos de una familia noble, los Manzano, mantuvieron una refriega con otros dos hermanos, muy amigos suyos, de la familia de los Monroy o Enriquez, a los que mataron. Según unas fuentes primero fue muerto uno de los hermanos y después mataron al otro para evitar su venganza. Los cuerpos de los dos jóvenes muertos fueron llevados ante su madre, doña María Rodríguez quien no mostró dolor por el suceso, sino más bien temor. No lloró, se limitó a lavar los cuerpos de sus hijos y a darles sepultura. Mientras, los hermanos asesinos huyeron a Portugal para evitar a la justicia. Doña María formó un pequeño séquito de criados y escuderos y se marchó rumbo a Villalba, dando a entender que su partida era por temor. Cuando se hubo alejado de la ciudad convocó a los suyos y les confesó que no huía por temor, sino por venganza, que cambiaban de rumbo y se dirigirían a buscar a los asesinos de sus dos hijos. Conjurándose con los criados tomó rumbo a Portugal. Cuentan que era en Viseo, una noche y en una fonda, donde se encontraban los huidos y después de derribar la puerta entraron en ella. Sea dónde y cómo fuese, unos días después entró Doña María en Salamanca con buen ánimo y terrible disposición al frente de su comitiva. Enarbolaba dos picas con las cabezas de los dos Manzano clavadas en cada una de ellas, “y a guisa de ofrenda expiatoria, más digna del altar de las Euménides que de una tumba cristiana, las hizo rodar sobre las recientes losas que en la iglesia de San Francisco, o de Santo Tomé, cubría los restos de sus hijos”.

Al parecer, poco sobrevivió a esta feroz proeza, que le valió el epíteto de Doña María la Brava. En la ciudad, dividida en dos bandos afines a cada una de las familias, no faltaron, odios, violencia y envenenamientos, y pasados cuarenta años se les puso fin gracias los esfuerzos de San Juan de Sahagún, fijándose la paz en esta casa de la calle de San Pablo, número 46, conocida como Casa de las Batallas, actualmente en el número 7 de la plaza de los Bandos.


Es de suponer que esta historia se recoge en cualquier guía de Salamanca. Para esta entrada además del libro de Alarcón, podéis leerlo en Guía de Salamanca. Castilla y León es vida, Junta de Castilla y León.

viernes, 9 de agosto de 2013

El castillo de Aunqueospese


Organizar una excursión a veces es excitante: los mapas, las pequeñas historias, el lugar, qué ver. No sólo sirve ir, ver y sacar fotos para acumularlas en un álbum o en un cd, hay que tomar un refresco en el bar del lugar, comprar un recuerdo, fruta o pasteles y charlar con la gente del lugar, si no haces nada de esto es como no haber ido nunca a ningún sitio.

Una tarde me pidieron organizar una excursión de media jornada. Propuse ir a un castillo y elegí uno al que sólo se va a propósito, porque no está de paso a ningún sitio, al castillo de Mironcillo, más conocido por Aunqueospese: “A pocos km de Ávila, al inicio de las primeras elevaciones de la sierra sobre el valle Amblés se halla este singular y precioso castillo, edificado en sillería y mampostería granítica sobre un montículo rocoso lo que le confiere una traza irregular y original”. La sillería consiste la construcción con piedras labradas cuidadosamente y de forma regular, mientras que la mampostería es el uso de piedras de forma irregular y sin labrar. El origen del castillo se remonta a la repoblación de Ávila en el siglo XI tras la conquista a los musulmanes, cuando se erigen en zonas elevadas y rocosas torres y castillos de fácil comunicación entre ellos, que permitían la defensa contra incursiones enemigas. La actual construcción, o reconstrucción sobre el antiguo edificio, es obra más reciente, de finales del siglo XV, en época de los Reyes Católicos.

En la época que se construye no tiene misión defensiva y sí palaciega o residencial, resultando poco convincente su ubicación en un lugar tan apartado”, por lo que no tiene una historia plagada de anécdotas y gestas heroicas más o menos brillantes, pero sí una leyenda llena de romanticismo que es por la que se le conoce: “aunque o manque os pese”.

Siguiendo a F. Cobos Guerra y J.J. de Castro, el castillo"del Riscoo Aunqueospese,se engloba en el ámbito de los pequeños señoríos que surgen "las más de las veces para asegurarse el dominio de un lugar, bien sea frente a propios vasallos, bien frente a los ejércitos de las ciudades de cuyos términos se ha enajenado el nuevo señorío". En este caso señalan que el castillo se construye con el propósito de ejercer el control de las cañadas de la Mesta en la zona sur de la Meseta, por las que pugnan los aliados de los Zúñiga, que a grandes rasgos dominaban el norte de Cáceres (Miranda del Castañar, Béjar, Plasencia,...), frente a los aliados de los Alba que controlaban el sur de Ávila ( Salvatierra Coria, Piedrahita, Barco de Ávila, Aunqueospese,...), de esta manera cualquier enfrentamiento se circunscribía a la lucha entre estos pequeños señoríos evitándose así una guerra abierta entre las grande familias.

La fortaleza la comienza a construir haca 1490 Pedro Dávila y Bracamonte, marqués de Las Navas y primer conde de El Risco, capitán del duque de Alba y regidor de Ávila en unos terrenos que usurpó a la propia comunidad de Ávila. En esta fecha la Corona ordena la paralización de las obras y al parecer no se hizo puesto que en 1492 vuelve a repetirse la orden, recordándose incluso a los canteros que participaban en la construcción que también ellos podían ser juzgados de persistir la desobediencia. El edificio lo concluye antes de 1504 Esteban Dávila y Toledo, cuyo escudo puede verse sobre la puerta de la barrera, hijo del promotor de la obra y capitán de los Zúñiga.

Según el Catastro de Pascual Madoz, de 1845, se apunta en la encuesta sobre si existe algún castillo: “AUNQUE OS PESE. cast. arruinado, en la prov. y part. jud. de Ávila, térm. jurisd. y á 3/4 leg. al SE, de Sotalvo: sit. en la cima de una sierra elevada; fragosísima y de difícil acceso: se cree lo mandó edificar para su habitación uno de los ant. caballeros de Ávila que fue desterrado de esta c., quien para sonrojar a sus contrarios dijo: Aunque os pese no perderé de vista a mi amada patria; y efectivamente, desde él se descubre toda la c. Debió ser obra grandiosa y muy sólida según lo demuestran varios trozos que todavía se conservan”.

El viaje lo hicimos en coche camino de Ávila, después dirección Plasencia, Arenas de San Pedro, Niharra y Mironcillo. Desde el pueblo se toma un camino de tierra, normalmente intransitable por el paso de coches y la lluvia, y tras recorrer unos dos kilómetros, los últimos quinientos metros hay que hacerlos a pie, un camino fácil, aunque empinado, y si se ataja monte a través, el olor del tomillo silvestre impregna el calzado dura toda la tarde.

Durante la subida aproveché para contar la historia y la leyenda que, aparte de la que relata Madoz existen otras dos. La más conocida y que actualmente cuentan los vecinos, asegura que lo mandó construir el caballero Alvar Dávila quien fue desterrado de Ávila por su amor con la joven Dª Guiomar, hija de D. Diego de Zúñiga. Éste, al parecer, tenía previsto hacer monja a su hija, por lo que le negó a que se casara con el Dávila prohibiéndole en adelante verla. Don Alvar juró ante su frustrado suegro que la habría de ver “aunque os pese”. Inició las obras y una vez concluido el castillo, desde las almenas hacía señales luminosas para comunicarse así con su amada Dª Guimar. Cuentan, además, que se hizo un pasadizo que unía el castillo con Ávila, y que en alguna ocasión a los labradores del valle se les hundía el suelo y caían en un foso descubriendo galerías subterráneas que confirmaban la existencia de tal pasadizo.

La otra historia lo relaciona con los amores de Zubezé, princesa árabe, hija del caudillo Ben Mueszar  o Ben Hus Mar, que ocupaba la fortaleza en el siglo XII. La joven Zubezé se enamoró de un prisionero cristiano de nombre Aldefonso . El padre, tan contrariado como el anterior, la obliga a partir hacia el reino de Jaén con el propósito de que se olvidara su amor, a lo que ella, negándose, le dijo: “No iré, aunque os pese”.

En el castillo en la actualidad se ha consolidado el almenaje y permanece cerrado, aunque hace pocos años el acceso era libre y parte de la torre del homenaje se había restaurado el su primer piso con suelo de madera. No obstante, el deterioro, el peligro de algunos tramos y las pintadas que presentaba debió obligar a su cierre. Después de recorrer todo el perímetro exterior del castillo y contemplar la espectacular vista que se ofrece desde allí del Valle Amblés charlando con un vecino del lugar y recordando estas leyendas, nos marchamos; en el descenso coincidimos con tres ciclistas y un matrimonio algo mayor que rehusó hacer los últimos metros a pie, una madre con su hijo de pocos años y una pareja de italianos que se aprestaban a subir.


Para documentarse, además de las charlas con los lugareños, conviene leer:
Castillos y Fortalezas, Cobos Guerra, Fernando y de Castro Fernández, José Javier, Edilesa, León, 1998.
Castillos de Segovia y Ávila, de Bernad Remon, Javier. Ediciones Lancia, León 1990
Castillos de Ávila, Museo de Ávila, Junta de Castilla y León, Ávila, 1989.





sábado, 3 de agosto de 2013

Martín Muñoz de las Posadas: El Greco, Pompeio Leoni y el Cardenal Espinosa

Cuando el día se acorta y los fríos dejan Mingorría desangelado y las calles desiertas, sólo las últimas hojas de los chopos, que revolotean y se arremolinan con el viento en torno a la fuente de piedra, son el único movimiento que se percibe. Las jornadas pasan monótonas: del trabajo a casa, de allí algunas veces al bar, la charla y una partida de cartas junto a una estufa de hierro. Entonces, en coche, salgo dirección a Olmedo, hasta Martín Muñoz de las Posadas. Allí el panorama es idéntico. Pido un café, mientras miro cómo la nieve cae mansa en invierno, o la lluvia arrecia en primavera sobre el empedrado en la plaza, una plaza tan ancha que parece que las nubes y toda la tormenta están allí dentro.

La primera vez que llegué al pueblo, me sorprendió el tamaño de la iglesia, de Nuestra Señora de la Asunción, y la plaza tan amplia. 

Hay frente a la iglesia una fila de casas porticadas, donde está el ayuntamiento con sus banderas; y en la esquina, en diagonal con la iglesia, el palacio del Cardenal Diego de Espinosa. Normalmente tomo mi café y tras una charla con la dueña del bar, en quince minutos me marcho. Otras veces aprovecho y llevo alguna visita para que vean la plaza y les cuento lo mismo que estoy escribiendo ahora; otras, visitamos la iglesia, y un guía del pueblo, el primero fue uno, estudiante en Salamanca, nos explica la historia de la iglesia, del palacio, del Cardenal y de un cuadro de El Greco.

He de confesar que tardé un tiempo en conocer todo lo que había en este pueblo de Segovia, que no alcanza los 400 habitantes. Su historia gira en torno a la persona del Cardenal Diego de Espinosa, Presidente del Consejo de Castilla e Inquisidor General, entre otros cargos, durante el reinado de Felipe II, época en la que debió alcanzar el pueblo su mayor esplendor. Tiene la iglesia románica, del siglo XIII, que se amplió y restauró en estilo gótico en el XVI. Allí el Cardenal mandó construir la Capilla Mayor, con un formidable retablo, donde está enterrado él y su familia. Pero lo que más me sorprendió, sin duda, es la escultura del Cardenal en posición orante, obra de Pompeio Leoni, autor también del grupo de esculturas de la familia de Carlos V y de Felipe II de El Escorial. Sólo para ver esta obra vale la pena ir hasta Martín Muñoz. Otra cosa sobre la que suelo entretenerme son las marcas de cantero que tienen algunas piedras de la construcción románica.

Si formidable es la iglesia no lo es menos el palacio. Según consta en el catálogo que te dan en el ayuntamiento, es una obra de la Escuela de Toledo, de planta rectangular, construido en piedra, ladrillo y tejados de pizarra. Tiene un maravilloso patio renacentista de dos plantas que están comunicadas por una escalera de piedra. La galería de columnas y una sencilla balaustrada, todo en piedra, le dan una sobriedad y belleza sobrecogedoras.

Pero volvamos a la iglesia. Durante la ampliación se hicieron unas pequeñas capillas laterales. En una de estas capillas hay una Crucifixión de El Greco. Este cuadro no tiene nada que ver con la historia que hasta ahora hemos contado, pero que no deja de ser singular. Lo encargó don Andrés Núñez Madrid, párroco de la iglesia de Santo Tomé de Toledo, donde está El entierro del Conde Orgaz; como donante aparece rezando junto a la Virgen en el lienzo. Este don Andrés cedió en testamento el cuadro a la parroquia de Navalperal, limítrofe con Martín Muñoz. Esta población se despobló y el mobiliario de la parroquia, entre el que estaba el cuadro, pasó a Martín Muñoz. El lienzo sufrió, entre traslados y almacenamientos, un deterioro que hacía necesaria su restauración.
 Hacia 1919 el Marqués de Cedillo quiso llevarse el lienzo para su restauración lo que originó una sublevación de los vecinos que impidieron que la obra abandonase el pueblo. Más reciente, hace unos 35 años, el Ministerio de Cultura decide restaurar la iglesia justo cuando el Estado comienza a su vez a transferir competencias a la Comunidad Autónoma. La Junta retoma las obras, pero la empresa que las realizaba presenta suspensión de pagos y éstas quedan paralizadas. Entre las obras, los andamios, el abandono del edificio a medio restaurar y  con el riesgo de un mayor deterioro, el cuadro pasa a la casa parroquial y de ahí se decide dejar el cuadro en custodia en el cuartel de la Guardia Civil. Una vez en el cuartelillo para mayor seguridad se decide encerrar el cuadro en un calabozo. Esto hecho sin más, trascendió a los medios de comunicación y varios canales de televisión presentaron la noticia como algo extraordinario dando un viso tragicómico al asunto. En la actualidad se puede contemplar el cuadro restaurado, debidamente protegido y bien documentado en la iglesia.

El viernes pasado coincidió, con mi visita veraniega a Martín Muñoz, que se está celebrando el V Centenario del nacimiento del Cardenal Espinosa, por lo que se están celebrando actos, se han organizado charlas, una pequeña exposición y una ruta guiada, todo cuidadosamente preparado. Es de agradecer el interés y esmero que tienen los habitantes de este pueblo por mantener y difundir su patrimonio que, sin lugar a dudas, es de una riqueza excepcional.


Martín Muñoz de las Posadas está en la N-601, Km. 115, muy cerca de Adanero en la A-6