lunes, 30 de septiembre de 2013

Levando anclas





Cierre por traslado: levando anclas. Son cosas que pasan y uno a veces no se entera hasta que el vecino se marcha. Este lunes deben entregar el local. No sé cuánto tiempo han estado ahí. Yo me he enterado por la exposición que han hecho porque se marchan, unos ya se han ido, otros se trasladan a zonas más propicias, a La Latina donde huele a Reina Sofía, a galerías de empaque, a proyectos vivos y también a cadáver de proyectos agotados.

Y es que estos sitios tienen un olor especial y un sabor espeso que se pega al paladar, sabor agrio a cigarrillo recién liado y a trago de cerveza no tan amarga. Aquí ninguno es nadie, nadie firma sus cuadros y algún día serán, esperan, ser conocidos y vivir de lo que hacen. Entonces tendrán a alguien detrás que les diga que firmen ese cuadro y qué precio tiene la obra; mientras, viven de la calle, vienen de la calle y se exponen donde casi nadie puede verlos, pero les queda la ingenuidad y la frescura del trabajo hecho con libertad, sin prisas y sin más etiquetas que su propia intuición. Ya vendrá quien les diga qué son y dónde se engloban. Qué maravilla!

 Ahora clavan su obra en la pared, aprovechan el paspartú que encontraron en el contenedor, un marco abandonado, un baldosín partido, clavetean las tablas de un andamio y juegan a lo que mejor saben jugar, a crear; se ríen y sus risas se oyen por toda la sala en la que hay dos instalaciones: una cafetera con su taza y un ejército de soldados de papel, y abajo, muy pequeñita, a ras de suelo, una estatua de la libertad pegada en la puerta del almacén, unas botellas vacías, restos del naufragio y del adiós, y parte de la arqueología urbana en un fregadero ahora lleno de hielo con latas de cerveza no tan fría, y en las paredes pañuelos, serigrafías, acuarelas, acrílicos, ...

"Éste, no es mío, es de Hugo; aquél, de Pablo, inmenso, grande, tiene mucho trabajo... ¿mío? Esos baldosines y aquella acuarela. Aproveché el paspartú que... ah!, me llamo Luis". Me saluda, me da la mano y continúa hablando con una visita que también ha acudido al cierre.

Lentos desmontan la sala, el almacén va vaciándose y las paredes desnudándose, en la calle comienza a caer el agua fina de la primera lluvia del otoño. Sonríen mientras van y vienen del almacén: "no es un adiós, es hasta luego. Allí, en el nuevo taller nos veremos casi todos". Allí nos veremos.

viernes, 27 de septiembre de 2013

William Christenberry

Cuenta Christenberry, al inicio de la exposición, que a mediados de los años 60 fotografió un edificio, un club. Entró en el club y pidió un refresco. Al fondo había dos tipos con tacos de billar en la mano, mal encarados. Pagó su refresco y salió. Los dos tipos le siguieron. Subió a su coche y se marcho. Creyó que al tener matrícula de un estado del sur los tipos se relajaron, no tenía matrícula de Washington DC. Luego reflexionó y cayó en la cuenta de que el club, escrito con grandes letras Klub, era un local del Klan, de hecho estaba pintado de blanco y las dos ventanas parecían los ojos de una cara.

Siguiendo estas historias, relatadas en primera persona, que hay al inicio de cada sección, tiene uno las suficientes pistas como para no perderse en el mundo aparentemente sencillo de William Christenberry. Es como un álbum familiar de fotografía, más de 300, que forman la exposición, todas ellas en color, en un momento en el que el color se consideraba comercial y artificial frente al blanco y negro, en las que destaca, sobre todo, la ausencia casi total de personas. Fui tomando nota de casi todas ellas, al inicio de cada sección, que como digo, ya es suficiente para comprender toda la idea del conjunto y la intimidad entre el artista y los objetos: "Siempre me han atraído las figuras deformes de las casitas y de las pequeñas edificaciones rústicas, cómo las ha modelado y alterado el tiempo".

Fotografía cementerios, el cementerio de Stewar, en las aparecen tumbas con camas a modo de lápidas; un enorme conejo amarillo de poliestileno sobre la tumba de un niño; una cruz hecha con hueveras de cartón; una guitarra de flores; piedras poliédricas a modo de lápidas. Se queja de lo que le ha costado al sur superar los efectos de la Guerra Civil de Estados Unidos, en lo económico, en lo social y las relaciones raciales: "Mi tierra natal siempre me pareció parte de mi ser. Vivir lejos de ella me ha dado una perspectiva que no creo que hubiese tenido si me hubiese quedado allí. Es verdad que te puedes regodear en la nostalgia; sumergirte en la nostalgia y chapotear. Por ahí no se va a ninguna parte". Orgulloso de su origen, añade sobre los habitantes del sur: "Cuando viajo me disgusta que cierta gente siga despreciando el sur de Estados Unidos. Existe un estereotipo según el cual los sureños son poco inteligentes y apenas han estudiado, pero no es así".

Habla del abandono de los edificios, algunos poco a poco van desapareciendo, dejan de existir y se centra en lo que queda, la naturaleza. Hay una fotografía de un edificio vacío en la que han hecho una pintada: Patricia.wi Love Scott.m kl/scristy. Y alrededor de las casas, las señas de identidad de la publicidad que minuciosamente comienza a coleccionar: "En mi juventud, los carteles que predominaban en el campo eran anuncios de Coca-Cola. No podías dar la vuelta al pueblo sin ver un anuncio de Coca-Cola, Nehi o Seven Up". "Me interesan los carteles por los colores, las texturas, la herrumbre, los agujeros de bala, la decoloración que produce el sol". Se sorprende de uno, con muy buena caligrafía sobre un trozo de formica, que dice: "Proibido el pazo y la caza".

"Pero es algo maravilloso encontrarte con algo bonito y poder hacerle una foto que exprese algo de todo eso. Si tienes suerte, la foto sale bien". "La mayoría de mis fotos están hechas con el tiempo de exposición corto, al aire libre, con luz natural". Si hay algo que me llama la atención es una serie de fotografías de calabazas colgadas en los árboles: "La gente del campo se pone muy ufana cuando consigue que esos hermosos pájaros que son las golondrinas azulnegras aniden en el hueco de una calabaza seca. Si el granjero tiene suerte, las golondrinas vienen en primavera y se pasan ahí todo el verano. A ellos les conviene porque se sabe que una golondrina azulnegra se come alrededor de dos mil mosquitos al día".

No suele fotografiar a personas, de hecho creo recordar que sólo hay tres fotografías con personas, aunque sí aparecen camionetas aparcadas frente a las casas, sobre todo hay una preciosa de una pick-up azul: "A veces me preguntan por qué no hago fotos de personas. No lo sé. Lo digo con sinceridad".
Hay una serie de fotografías reiteradas de un mismo edificio año tras año con los cambios y la degradación que produce el tiempo: "Casi todos los años desde 1978 hasta 1996 fotografié lo que yo llamaba la puerta blanca, que era la puerta exterior de la cocina de mi abuela".

Los kudzu, de los campos de kudzu cuenta la historia más entrañable: "Mi abuelo Smith me puso una mano encima y me dijo. "Muchacho no entres en el kudzu. Ahí vive una serpiente y cuando se enfada se mete la cola en la boca, se hace un aro y echa a rodar detrás de ti".Y hasta el día de hoy no puedo ver un kudzu sin pensar en serpientes en aro".

Al final una última fotografía de Christenberry y su perro de cuando era niño, de 1939. Quizá había otra, pero yo no la vi, me entretuve mirando la colección de letreros herrumbrosos, agujereados de perdigones y las maquetas minuciosas de alguno de los edificios que fotografía: un granero, una iglesia, una casa, y la instalación The Klan Room, que te sorprende al inicio, con el violento estigma del Ku Klux Klan.

William Christenberry, en Fundación Mapfre, Avda. General Perón, 40 de Madrid. Hasta el 24 de noviembre.
Las fotografías, como no dejan hacer fotos en el interior, son del catálogo y de los carteles de la calle.
http://www.exposicionesmapfrearte.com/christenberry/es/

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Hey Joe: Antonio Villagómez

Muchas tardes, cuando vuelve mi hijo a casa le saludo con un ¡Hey Joe! Y él sonríe. Quizá sea la única frase de una canción que utilizo de forma cotidiana. La canción es trepidante, triste y violenta. Seguramente no sea la más adecuada para saludar a nadie. Esta es una historia que a la vez es el cruce de caminos de dos historias que se difuminan en un solo sentido, en una misma acción: la violencia de género. Es difícil explicarlo y más aún intentar compatibilizar dos historias.

"Hey Joe! ¿Dónde vas con esa pistola en la mano?" La primera vez que oí esta frase fue en la versión de Jimi Hendrix. Joe contesta que ha disparado sobre su vieja porque estaba tonteando con un tipo. Le pregunta de nuevo que qué va a hacer, que lo que ha hecho está muy mal. Joe contesta que no  está dispuesto a que lo ahorquen por ello y se va camino de México porque quiere ser libre: "Way down where I can be free".

Aquella tarde estuve buscando información para un artículo sobre la Dehesa de la Villa en la Hemeroteca Nacional. Necesitaba música enérgica para compensar el tedio de . Elegí Hey Joe! de un homenaje al propio Hendrix, con Steve Winwood, Mitch Mitchel, Billy Cox y los arpegios de la guitarra, para su mayor gloria, de Slash. Me encontré entonces con una noticia breve de agosto de 1907:

"Ayer se cometió un nuevo crimen de los llamados pasionalesUn sujeto llamado Antonio Villagómez, después de cuestionar con una mujer, asestó á ésta varias puñaladas, dejándola mal herida. El agresor fue detenido."

Cuando acabó el tema de Slash busqué una nueva versión de la canción. Seguí con las búsquedas de prensa y en otro periódico de ese día volví a encontrar la misma noticia, ahora algo más extensa; luego otra, hasta cinco crónicas diferentes, cada vez más amplias, del mismo suceso en distinto periódicos. La crónica más completa era ésta de El Imparcial:


LOS CRÍMENES DEL HAMPA

Una mujer herida

 En la calle de la Aduana, cerca de la esquina á la de la Montera, ocurrió ayer, próximamente á las siete de la tarde, un suceso sangriento.
 Una mujer de vida airada, llamada Juana Vicente Gallego, de mote “La del Perrero”, de dieciocho años de edad, fué gravemente herida por Antonio Villagómez Miranda, (a) “el Gallego”, natural del Barco de Valdeorras, de ventidos años y ladrón de oficio, pues ha extinguido dos condenas por hurto y siete quincenas.

Antecedentes

   Hará poco más de un mes que Antonio, en una de sus correrías nocturnas, conoció a Juana en la plaza del Progreso, punto frecuentado por el hampa madrileña día y noche.
   “El Gallego” entabló relaciones amorosas con esta mujer, escasamente agraciada y no buena moza.
   A los pocos días de vida común, Juana se cansó de sostener al “Gallego” y le reconvino para que le buscase trabajo ó la dejase en paz.
   El “ultimátum” se hizo muy duro para el “Gallego”, quien se negó á todo lo que fuese trabajar.
   Pocos días después, Juana rompió completamente sus relaciones con el haragán.

El crimen

   Ayer, sobre las cinco de la tarde, salió “la del Perrero” de su casa de la calle de los Irlandeses, número 13, acompañándola su amiga Maravilla López “la Maravilla”.
   Cuando juntas llegaron á la plaza del Progreso, cortóles el paso el desdeñado Antonio.
   Durante un corto trayecto fue Antonio acompañándolas y conversando con Juana, la excitó á que olvidara lo pasado y volviera á vivir con él.
   Juana se negó rotundamente á pesar de las insistencias del “Gallego”.
   En la Puerta del Sol Antonio abandonó á las mujeres, y éstas, siguiendo por la calle de la Montera, entraron en la de la Aduana.
   Instantes después fueron  alcanzadas las mujeres por Antonio, quien encarándose de nuevo con Juana la insultó, poniéndola como ropa de pascua.
   Al replicarle Juana se arrojó Antonio sobre ella, armado de navaja, y sin que nadie pudiera evitarlo la infirió varias heridas.
   Luego intentó huir el criminal, pero un empleado de la Compañía madrileña del gas logró detenerle y entregarle al guardia de orden público, número 345, Valentín Germán.
   Mientras el criminal, á quien se ocupó el arma, era conducido a la comisaría del distrito del Centro, la lesionada fué conducida en un coche á la Casa de Socorro de la plaza Mayor.

En la Casa de Socorro

   El médico de guardia de este centro benéfico, Sr. Díaz y Leyda, reconoció detenidamente a la lesionada, apreciándola cuatro heridas incisas: una que le cruzaba la mejilla derecha hasta el globo de la nariz, que fue seccionado; otra que deja casi al descubierto el maxilar izquierdo; otra en el lado izquierdo del cuello, también muy extensa, y otra en la palma de la mano izquierda.
   Aunque las heridas son extensas, no son de tanta gravedad como en un principio se supuso, pues no han interesado ninguna arteria ni órgano importante.
   Su estado se calificó de pronóstico reservado.

Trabajos policiacos

   En inspector del distrito del Centro D. Ángel Ortega, que intervino en los sucesos desde los primeros momentos, interrogó á Juana cuando los médicos terminaron la cura.
   Juana, después de exponer los antecedentes arriba relatados, parece que dio del suceso una versión contraria á la de las demás personas que han  presenciado los hechos.
   Declaró que al acercársele Antonio en la plaza del Progreso, acompañaban a éste otros dos sujetos, también ladrones profesionales, conocidos por los apodos de “El Moreno” y “El Tramús”.
   Estos, según la declarante, excitaron al “Gallego” á que “sacudiera” dos “puñalás” á la Juana.
   -Yo, temiendo que me matara –añadió- le quité de un bolsillo de la americana un cuchillo.
   Cuando llegué á la calle de la Aduana y nos enredamos de palabras Antonio y yo, “El Moreno” me sujetó por detrás y “El Tramús” le dio una navaja, con la que me hirió.
   Según  nuestros informes sólo resulta comprobado de la declaración de Juana, lo que se refiere al cuchillo que quitó á su agresor, arma que es de grandes dimensiones.
   Juana, después de declarar, fue trasladada al Hospital Provincia en una camilla.

Lo que dice el “Gallego”

   Al ser interrogado en la comisaría el criminal, se confesó autor del crimen.
   Negó rotundamente que le acompañase amigo alguno, como había afirmado su víctima.
   Dijo que la agredió porque ella le amenazaba continuamente con darle escándalos para que le llevaran de “quincena”.
   -Esto me encolerizó –decía,- y no tuve más remedio que darla unos golpes para que se callase.
   Últimamente reconoció el cuchillo y la navaja como de su pertenencia.

Otras diligencias

   También declararon la “Maravilla”, el guardia número 345 y otras personas testigos del suceso, que no añadieron dato alguno que merezca referirse.
   La “Maravilla” parece que negó exactitud á lo declarado por Juana respecto a los supuestos acompañantes del agresor.

El Juzgado de Guardia

Tan pronto como se recibió aviso en la Casa de Canónigos, salió el juzgado de guardia, que lo era el de la Universidad, constituyéndose en la Casa de Socorro, donde se incoaron las correspondientes diligencias.

El criminal ingresó en las primeras horas de la noche en un calabozo del juzgado.

Acabé escuchando una versión de Franco Battiato, más relajada que todas las demás, con el trasfondo de la violencia. Ordenado de mi, fui cerrando los archivos de los periódicos y me propuse hacer el viaje de "La
del Perrero" y reconstruir el paseo de la calle los Irlandeses a la calle de la Aduana.

La calle de Los Irlandeses, 13

La calle de los Irlandeses es una calle corta donde casi nunca dará el sol. Cuando disparé la última fotografía y levanté el ojo del visor de la cámara vi una mujer cerrando la puerta del número 13. Tendría unos setenta años, quizás alguno más. El pelo castaño teñido. Vestía un abrigo de lana beige. Se quedó quieta en la puerta, sin terminar de cerrarla. Al acercarme observé que tenía el ojo derecho lloroso, tiñoso como dicen en algunos lugares.
- ¿Vive usted aquí?
- Sí, claro.
- ¿Vive usted aquí desde hace mucho?
- ¡Oh, sí! Desde que era pequeña.
- ¿De cuándo es esta casa?
- No lo sé, del año 45, de 1943 o así. – Intenté explicarle por qué estaba interesado en saber la fecha de la construcción, pero ella sin dejarme hablar continuó- Primero hicieron la primera y la segunda planta el dueño. Luego en el año 45 mi padre, que había aprobado oposiciones en Icod de los Vinos en Canarias, nos vimos a vivir aquí porque el dueño había construido los dos pisos de arriba.
   Me contó que no sabía si había una casa anterior en aquel solar, además, si la hubo no fue destruida en la guerra -¡Qué va, qué cosas dice la gente. En la guerra! Mi madre vivía en la otra acera, en la misma calle y por eso nos vinimos a vivir aquí. Disculpe, -dijo sacando un pañuelo y limpiándose la nariz- se me cae la guinda, con el frío. -Siguió contando que su padre le regaló un gato pequeño que vivió con ellos veintiún años. Al sorprenderme de la edad del gato ella insistió –Sí, sí, lo cuidada un veterinario que vivía aquí mismo. 
Le di las gracias. Ella se marchó hacia la derecha, por donde yo había entrado, dirección a la calle Humilladero. Se paró junto a una pareja que venía con un perro cada uno. Acarició a los animales y les habló como si fuesen niños. Esperé a que se marchara. La pareja pasó junto a mí –Buenos días- nos saludamos. Cuando miré la anciana ya había desaparecido sin saber por dónde.

Llegué hasta la plaza del Progreso, que ahora es de Tirso de Molina, subí por Romanones, Carretas, Sol, Montera y Aduana, pero ya no había nada más que averiguar. Unos meses antes había muerto Mitch Mitchel que fue siempre el batería de Jimi Hendrix

La versión de Slash con Steve Winwood, Mitch Mitchel y Billy Cox en  http://www.youtube.com/watch?v=crdq2oYNaoc.
La versión de Franco Battiato en  http://www.youtube.com/watch?v=vHGbxrE32a8

jueves, 19 de septiembre de 2013

Fernando Puche: El bosque multiplicado

Ya antes de que se inaugurara la exposición de Fernando Puche en la galería ESPACIOFOTO, viendo un avance de las obras que iba a exponer, me preguntaba en qué consistía la obra que presentaba, porque no llegaba a entender ni el contenido ni la técnica, y me guarde muy mucho de ir antes de la inauguración para averiguarlo, por esas supersticiones que tenemos los que no somos supersticiosos, que aquello era técnica personal y no me desvelaría ningún secreto. Paciencia y a esperar el día de la inauguración.


Si algo le queda a uno claro en la obra de Fernando Puche es la técnica, una técnica, un control y una precisión de cirujano detrás de la cámara. Viendo las geometrías de El bosque multiplicado seguía manteniendo las mismas incógnitas que antes de ver in situ las fotografías. "No utiliza ningún programa de retoque" me aclara Diego, "utiliza una técnica de multiexposición, lo que ves ahí es lo que hay en el negativo".

Junto a la entrada hay una fotografía de nieve entre la que sobresalen unas briznas de hierba. Es una de esas obras que captan la atención del espectador durante el tiempo suficiente como para introducirte literalmente en la obra y pasear dentro de ella, como Alicia detrás del espejo. Mientras la vas desmenuzando, descubres los pequeños detalles que conforman ese todo de armonía que es la obra. Justo debajo hay otra fotografía, hierba helada, trazos muy finos. La estaba mirando cuando sonó un clarinete desde el fondo de la sala. La música atenuó el murmullo del público y nada más terapéutico y relajante para transportar al espectador al interior de la obra. La imagen transmitía sosiego y paz, la armonía necesaria que permite al espíritu fluir en perfecto equilibrio. Nunca antes había observado la naturaleza desde esta perspectiva y era realmente envolvente.

Decididamente necesitaba saber cómo conseguía aquella armonía y me presenté al autor, "un fotógrafo amateur" se define él, aunque es un autor reconocido. Tenía referencias muy recientes de su minuciosidad, que su trabajo es fruto de la sistemática propia de un herborizador: salidas al campo, anotaciones en el cuaderno de bitácora, hora, luz, apertura, enfoque, velocidad... nada se deja al azar. Me explica cómo hace una fotografía y no hay más truco que técnica y precisión, nada oculto que desvelar: "seleccionas el objeto y disparas, luego giras la placa y vuelves a disparar". Son cuatro, nueve, doce exposiciones para conseguir el círculo perfecto formado por las copas de la chopera o sobre la nieve, como la hipnosis de un caleidoscopio o el rosetón de una catedral que transforma la luz más allá de la física. Recuerdo, por qué no decirlo, a Monet y la catedral de Ruan, el estudio del cambio de luz, la simetría machacona a través del pincel cargado de suavidad, firme y obsesivo, trasladado a la fotografía. Ese era el misterio.

Si de algo sirve ir a las inauguraciones es para ver al autor que difícilmente vuelves a encontrarte en otra ocasión, y aunque he vuelto de nuevo a la galería, para ver con la tranquilidad y la serenidad que te da una buena música de fondo, como digo, haber conocido a Fernando Puche, sus explicaciones sencillas y su familiaridad, es toda una experiencia que refuerza de alguna forma su obra.


El bosque multiplicado, de Fernando Puche, en ESPACIOFOTO, en la calle Viriato, 53, hasta el 18 de octubre.
https://www.facebook.com/espaciofoto?fref=ts


martes, 17 de septiembre de 2013

El castillo de Peñafiel

Algunos años, al término de la época de la vendimia, un grupo de amigos vamos a Pañafiel para pasar el día, comer y comprar vino en una cooperativa de la que es partícipe el familiar de un amigo. Siempre entramos a Pañefiel por la carretera de Aranda de Duero dirección Valladolid. Nada más enfrentar la recta que conduce al pueblo descubres sobre un cerro recortado contra el cielo, el impresionante castillo de piedra blanca. A la derecha quedan el polígono y la bodega; a la izquierda, la más famosa de sus bodegas, Protos, avanzando hacia el castillo, donde se abren los campos, los viñedos y las exhaustas cepas de las que aún pende algún pámpano de uvas abandonado.


El castillo de Peñafiel es como el dibujo de un cuento de hadas. Siempre sugiere la imagen de un hermoso barco en medio de la estepa castellana, pero más allá de sus evocaciones fantásticas, es un edificio cargado de historia por el que pasaron grandes personajes, algunos de leyenda. Pero vayamos por partes y comencemos recordando un poco su historia. La fortaleza era parte de una línea defensiva formada por varias fortificaciones a lo largo de la frontera cristiano-musulmana. Tenía la misión de defender los valles que se forman entre los ríos Duratón y Botijas en su confluencia con el Duero. Su construcción ocupa la totalidad del cerro sobre el que se asienta y tiene unas dimensiones totalmente desproporcionadas: 210 metros de largo por 35 de ancho, sobre las que destaca una impresionante torre del homenaje de 34 metros de altura. Es una construcción arquitectónica de la denominada Escuela de Valladolid.

El castillo ya existía en el año 983, cuando el caudillo musulmán Almanzor, en una de sus incursión por tierras castellanas, se apoderó de él. Estuvo en manos de los musulmanes hasta que en 1013 el conde Sancho García consiguió recuperar la fortaleza junto a las conquistadas por Almanzor como pago por su ayuda a la entronización de Suleimán en el califato de Córdoba. El conde lo mandó rehacer y a él se debe la expresión: "La peña más fiel de Castilla" al referirse al castillo.

Aunque la muerte de Almanzor en 1002 fue un bálsamo para los reinos cristianos, a los que había saqueado y destruido durante 30 interminables años, la tranquilidad duró poco por las disputas entre las distinta facciones cristianas y las alianzas con los pretendientes califales, por lo que el castillo fue objeto de acosos y sitios de musulmanes y cristianos.

En 1085, encontramos en él a Alvar Fáñez de Minaya, sobrino y lugarteniente del Cid Campeador, defendiendo la fortaleza frente a musulmanes y enemigos de Alfonso VI de Castilla, y aunque no hay mucha mención a este personaje siempre habrá que recordar el "Meçió mio Cid los ombros e engrameó la tiesta: "albriçia, Álvar Fáñez, ca echados somos de tierra", que se cita en Mio Cid al inicio del destierro del Campeador, menciones que abundan en la obra.

Tumba de Don Juan Manuel
A finales del siglo XIII, en 1283 el rey de Castilla, Sancho IV, lo dona a su tío el Infante Don Manuel por el nacimiento del hijo de éste, Don Juan Manuel, que fue autor de El Conde Lucanor.  Don Manuel muere un año después; el rey se hace cargo del pequeño a quien donará la villa y aportará el dinero suficiente para la reconstrucción del castillo: "navío etéreo e inmenso surcando un mar de trigales" escribe Don Juan Manuel. En el que fuera alcázar de Alfonso X en la villa, Don Juan Manuel, que era nieto del rey sabio, mandará construir la iglesia de San Pablo, donde será enterrado.

Tras la guerra que enfrentaron a Pedro I y a su hermanastro Enrique de Trastamara, futuro Enrique II, el castillo pasaría a tener funciones de cárcel y se recluirá en él a los hijos bastardos del asesinado Pedro I a manos de su hermanastro en 1369 tras la batalla de Montiel. Ya en 1390 Juan I de Castilla dona la fortaleza a Fernando de Antequera, padre de los Infantes de Aragón. Los Infantes, con el apoyo de parte de la nobleza castellana y del rey de Aragón, hermano de éstos, se alzan en armas contra el rey Juan II, intentando hacerse con el poder, lo que provocó la guerra castellano-aragonesa entre 1429 a 1430. Tras cercar y tomar la fortaleza, el rey Juan II mandó derruirla inmediatamente.
Torre del homenaje

Su hijo y sucesor, Enrique IV, donó la villa a Pedro Girón, maestre de la orden de Calatrava en 1454, aunque le niega la posibilidad de reconstruir el castillo. Dos años después, en 1456, cambia de parecer y autoriza su reconstrucción,  dándole el aspecto elegante y majestuoso que tiene en la actualidad. El castillo, que debió terminarse en 1466, justo el año de la muerte de Girón, es una de las fortalezas sobre la que menos se ha intervenido desde su construcción, conservando su estructura e interior del edificio original. El escudo que hoy pueden verse en la torre del homenaje, es de este personaje. En 1476 los Reyes Católicos confirman la cesión de la fortaleza al hijo de Girón, Juan Téllez de Girón.

Tras un salto en el tiempo, en 1810 y durante la Guerra de la Independencia contra los franceses, el castillo volvió a tener funciones militares y participo en una refriega que hubo en la villa. En 1838 desde la Capitanía General de Castilla la Vieja se ordenaron reformas en el edificio. En tiempos actuales sufre una profunda reforma arquitectónica y el castillo se destina para albergar el Museo del Vino.

Además de imaginar a todos estos personajes, un paseo por el castillo es muy interesante, tanto para observar la construcción y sus dependencias, como las hermosísimas vistas que hay desde el adarve y la torre del homenaje, con la villa a sus pies, una alfombra cuarteada de campos otoñales y, hacia norte, se puede ver lejano el castillo de Curiel sobre una peña al otro lado del río Duero.

Para terminar, la villa tiene además de la iglesia gótico-mudéjar de San Pedro, con el mausoleo de Don Juan Manuel, la plaza mayor, llamada El Coso, de una belleza extraordinaria. Es un espacio entrañable que se habilita para celebrar corridas de toros. En ella hay una placa que no ha dejado de impresionarme nunca, en recuerdo a uno de esos personajes anónimos del lugar: Santiago Fernández, de 21 años, cogido y muerto por un toro en agosto de 1896.

El castillo visto de la plaza de El Coso
Y desde este punto, los amigos partimos hacia Sacramenia, otro lugar que el conde Sancho García canjeara al califa Suleimán, donde nos espera un asado de cordero; pero ésta, es otra historia.

Para preparar mis viajes a Peñafiel y documentarme sobre el castillo y su historia, leí y consulté, además porque me encanta, los siguientes libros:

Castilla y León. Castillos y Fortalezas, Fernando Cobos Guerra y José Javier de Castro Fernández. Ed. Edilesa
Conocer España por sus Castillos, Dolores Grassós. Ed. Mondadori.
Los castillos y fortalezas de Castilla y León, Carlos M. Martín Jiménez. Ed. Ámbito
Castillos de Castilla y León, José Manuel Gutiérrez, Ed. La Posada
Las muertes del Rey Don Pedro, Canciller Pérez de Ayala, Alinza Editorial.
Sancho III el Mayor, Gonzalo Martínez Díez, Ed. Marcial Pons
Reyes de León y Castilla. Fernando I, Antonio Viñayo González, Ed. La Olmeda
Historia de España musulmana, Anwar G. Chejne, Ed. Cátedra

viernes, 13 de septiembre de 2013

Woyengi: La Creación del hombre


 Cuenta la tradición nigeriana que mucho antes de que el hombre existiera sólo había una inmensa llanura y, en medio de ésta, un hermoso árbol, alto, grande y frondoso. Hubo un gran estruendo y retumbó el cielo; un rayo iluminó la inmensa pradera. Se abrió una grieta en el cielo de la que descendieron una mesa, una silla y una piedra celeste, y también por allí descendió la Madre, Woyengi. Ésta se sentó en la silla, descansó los pies sobre la piedra celeste y tomando arcilla del suelo húmedo la puso sobre la mesa. Con la arcilla modeló a los humanos y les dijo a cada uno de ellos:

-Puedes ser hombre o mujer, escoge qué quieres ser.

Después de que todos hubieron escogido qué querían ser, le preguntó a cada hombre y a cada mujer, uno por uno, qué clase de vida querían tener, que posesiones querían tener y que desgracias querían padecer. Uno quiso tener hijos, otro quiso tener riquezas, hubo uno que quiso tener una vida breve e intensa, otro una vida tranquila y larga, y cada cual escogió las penas y los males que afligen a cada uno de los humanos. Luego Woyengi le dijo a cada uno:

-Lo que tú quieres será.

Así empieza la historia de Ogoa, una mujer que eligió tener poderes y no pudo tener hijos. Buscó en vano que Woyengi la creara de nuevo y cambiara su destino. Ante esta imposibilidad, acabó trasladándose a la mirada triste de las mujeres que quieren amar y no saben a quien amar.

El párrafo de la creación de los hombres es una trasnscripción casi literal del cuento Ogoa, en Cuentos Africanos de Henri Gougaud, de la Editorial Sígueme de Salamanca. Las fotografías son de la exposición Negro, Arte Centroafricano, en el Centro Arte Complutense de Madrid en 2010.


martes, 10 de septiembre de 2013

David Heras: Talk is cheap

Empieza la temporada después del parón estival y ha empezado, para mí, con color, con el color de la exposición Talk is cheap de David Heras, en la galería Orfila. A David lo conocí por las redes sociales, cuando promocionaba esta exposición y quedamos en vernos en la inauguración. Iba con la incertidumbre de no conocer su obra y, a la vez, con el incentivo de encontrar algo nuevo. El curso, la temporada o como se denomine, se había cerrado con la apoteosis de la fotografía, un arte minoritario y necesitado de difusión, y ahora me apetecía reencontrarme con el color; sobre todo con el color de un lienzo.

La primera impresión al entrar en la sala, y toparme de frente con "Laberinto de realidad", fue de satisfacción por la abundancia de color que estaba deseando encontrar, una explosión de color vivo y vibrante, algo similar a lo que me había pasado la primera vez que oí, por ejemplo, Alexander Nievsky. Igual que la orquesta de aquella noche fue un maremágnum de notas y matices sonoros que, para los profanos como yo, nos parecía un auténtico desvarío, así percibí el "Laberinto...", un torrente de colores, una explosión que emergía del fondo de la tela para desparramarse por todo el lienzo en una poderosa deflagración. Pero fue muy poco tiempo el que pude disfrutar íntimamente de la obra, justo el que tardaron en llegar los invitados, y a partir de ahí me dediqué más a esquivar sombras, paseos, miradas e intentar abstraerme de las conversaciones ajenas, que de admirar los cuadros con detenimiento.

Una visitante se puso a mi lado y dijo algo que no conseguí oír sobre uno de los cuadros. No le gustaba, repitió. "Bueno, le dije, habrá que buscarle una relación con el estado de ánimo, un sonido, una frase, ...". ¿Y con qué podía vincular este cuadro? Insistió como queriendo comenzar un debate. Me encogí de hombros. Intentar dar una opinión en aquel momento, y sobre todo sin haber digerido aún por completo lo que estaba viendo, me parecía una osadía. Le dije que yo solía asociar las obras teniendo en cuenta la primera impresión que recibía, "es lo que queda, al fin y al cabo, casi siempre" -pensé-, y no iba a buscar nada que resultara extraño con lo que estaba viendo, "sino no tiene sentido, no se puede trasmitir algo que no se siente". Saqué el libro que vine leyendo hasta llegar a la sala, "quizá sea esto, es la idea que tengo más reciente". Era un libro del poeta portugués Nuno Júdice. Ahora lo leo despacio: "O paraíso terrestre é uma flor verde". Entonces fue la mujer quien se encogió de hombros y se trasladó al siguiente cuadro.

Yo me remití al catálogo de la exposición: "Es un trabajo valiente y honesto, basado siempre en todo aquello que rodea al artista o en lo que él pueda intuir, ...". La transposición del mito de Teseo y el Minotauro, y la dificultad de desentrañar la trama del Laberinto, era punto de partida para ir descubriendo el significado de cada obra o de cada grupo de lienzos. Ni que decir tiene que en esa epopeya, tanto el artista como el espectador han de ir solos, como el héroe: "Esa explicación debería encontrarla usted sola" le dije a la señora, "cada cual tiene su propia explicación" aunque siempre ses necesaria la ayuda de una Ariadna, pensé, que desenrolle el ovillo de la imaginación, y en este caso el catálogo servía perfectamente como guía: "Humildad por tanto, no exenta de la gallardía necesaria para saber y poder vencer a las tinieblas de lo desconocido" continuaba el texto.

Y como si en el laberinto de Creta se tratase, la galería se fue llenando de personas que se arremolinaban frente a los cuadros o formaban corros que fui sorteando hasta llegar a la calle. Volveré con más tranquilidad para rescatar con el silencio necesario todas las sensaciones de color que se me escaparon.

La exposición Talk is cheap de David Heras Verde, en la Galería Orfila, calle Orfila, 3 de Madrid, hasta el día 27 de septiembre de 2013.
www.galeriaorfila.com


sábado, 7 de septiembre de 2013

Belin

Fue todo un  acontecimiento: una feria de arte en la Estación de Chamartín. A mediados de febrero, días de un sol espléndido y la expectativa de ver algo similar a la Gare de Saint-Lazare de Monet era excitante. Con ese espíritu me fui a la carpa de exposiciones que habían montado en la terraza de la estación.

Fui de los primeros visitantes. Ante mi se abría un pasillo amplio y largo; a cada lado los stand abiertos de las galerías, la mayoría sin luz, sólo iluminados por la tenue claridad que se filtraba por el techo de lona. A mitad del pasillo había el pequeño stand en el que, al pasar por primea vez y aún en penumbra, distinguí un cuadro en el que aparecían el rostro de 3 hombres. Creí reconocerlo pero no supe ponerle autor. Volví sobre mis pasos y leí sobre la pared donde debía estar el nombre de la galería: Artista invitado: Miguel Ángel Belinchón "Belin".

Por fin recordé. Hacía unos meses, en Úbeda, intente ver la exposición de un "grafitero de Linares" pero justo el día antes había terminado y sólo pude hacerme con el cartel de la exposición y, además, roto. "Es un hombre joven, alto, moreno, muy abierto, inconfundible", así lo describió de embelesada una azafata, añadió que el día antes, el de la inauguración, no había estado en el stand, sino en la entrada, donde estaba pintando. Lo busqué pero tampoco estaba allí. Me entretuve mirando su trabajo: pequeñas esculturas, dibujos, óleo, acrílico y spray. Caras distorsionadas, gestos de asombro, poses y actitudes imposibles y el cuadro que había visto en televisión cuando anunciaron la exposición de Úbeda.

"Miguel Ángel pinta con todo, trabaja cualquier material", me dijo un chico alto y delgado, con un acento andaluz grave y serio, sin el lirismo y el gracejo que se espera de un andaluz arquetipo, sino de esa clase dura y áspera de personas que acumulan generaciones de lucha en la sangre. Era su persona de confianza y a veces su modelo.

Por fin lo conocí, alto, moreno, fuerte, de una amabilidad encantadora y una franqueza exultante. Salimos a calle donde tenía el taller: una escalera y una batería de sprays en varias cajas de cartón. "No puedo estar ahí dentro, mi sitio está aquí, en la calle me encuentro mejor, al aire libre". Le conté que lo conocía de mi intentona de Úbeda del reportaje de televisión; hablamos de grafiteros, del espíritu de graffiti y comentamos un vídeo suyo que había visto en Internet: "el del rapero Wiz Khalifa".

Estaba pintando un retrato. Copiaba de una fotografía que le cabía en la palma de su mano: "es mi padre, el verdadero héroe, ..." A la derecha de la entrada había dibujado una cara partiendo el rostro en dos, desde la frente hasta el labio superior y a su lado había esbozado desde la mitad de la nariz hasta el cuello. La definición de los ojos era perfecta, ¿la técnica? ¿el secreto?: "No hay, el spray es lo de menos, todo es cuestión del dedo, apretar los suficiente la boquilla y soltar, nada más". Le pedí a uno de los espectadores que nos fotografiase juntos y lo dejé trabajando porque "necesito vender la obra, ya sabes, los chiquillos, la familia, los gastos,..." Volvió a subirse en la escalera y continuó pintando.

Al día siguiente regresé para dejarle el vídeo del reportaje que había emitido en televisión. Se lo dí a su hombre de confianza que no paraba de hablar de él con el entusiasmo: "¡Un genio! Un día estará entre los grandes". Me fijé y había puesto un cartel de "Vendido" diminuto sobre el cuadro de Úbeda. Lo había comprado un extranjero, me dijo. Eché la última mirada llena de asombro al mural de la calle, la primera pieza, la parte superior de la cara ya estaba terminada.

Dos días después y las piezas terminadas, fui a primera hora de la mañana antes de que comenzaran a desmontar la pared para fotografiar el resultado final. Una mujer, que debía estar haciendo tiempo para coger algún tren, se acercó a mi. "Da igual con qué o cómo se haga" me dijo al contarle la técnica "con pincel, brocha o spray, el arte siempre es arte y el artista es artista. Es magistral".


Vídeo del retrato del rapero Wiz Khalifa http://www.youtube.com/watch?v=8hqd13-1v9Q

Art Madrid'14 (2014)
Art Madrid'15 (2015)
Art Madrid'15 (2015)

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Aguirre & Gross

La galería ya había cerrado. A través de los cristales pude ver los restos de la inauguración: unas fotografías de Ouka Leele y unas botellas de vino vacías. Otra mañana volví a bajar la calle Fernando El Santo para ver otra exposición, esta vez de Ceesepe y también estaba cerrada. Antes de vacaciones pasé frente a la galería y había expuestos unos zapatos junto a una estatuilla, unos dibujos y la fotografía de un artesano, todo en perfecta armonía y era tan golosa la intención de saber qué era aquello que me decidí a entrar. Me abrió un hombre joven, con el porte de esas personas que desprenden seguridad. Me pidió esperar unos minutos para explicarme en qué consistía.

Bajó por una escalera hacia lo que debía ser el almacén. Sobre la pared que cerraba la escalera había un cuadro de jinetes y caballos de carreras que me recordó a uno de Degas que había visto recientemente en el Museo Thyssen; en un rincón una silla de montar marrón sobre otra silla de campo; en otro rincón, a su derecha, una bota de jinete, marrón, alta, muy elegante con una horma en su interior, fue lo que más me llamó la atención. Pude ver, reflejado en los cristales del escaparate un logotipo.


- Es nuestra marca, Aguirre & Gross -me dijo nada más subir del sótano, me pidió que esperase de nuevo para subir una muestra de los zapatos que fabricaba- artesanales, hechos a mano. Yo me llamo Óscar - dijo presentándose y dándome la mano.

Todo en la pequeña sala tenía sabor a elegancia. Me entretuve un instante en el cuadro de los caballos de carreras; recordaba ese paso inquieto del tiempo a la espera de la señal salida, no sé porqué me vino el recuerdo a los paseos nostlagicos de Proust  por Combray , el refinado porte del caballero Swann o el mundo de Guermantes, y eché en falta, quizá, una de las telas diseñadas de Fortuny que tanto admiraba don Marcel, pero me conformaba con lo que tenía ante mi, una tórrida tarde de verano no podía ofrecerme una evocación más tranquila.

- Los negocios y los tiempos cambian e intentamos relanzar la marca en Madrid. -Me dijo sosteniendo una pieza en la mano. Sobre un taburete había cuatro cajas abiertas con zapatos marrones y negros perfectamente ordenados y anudados y a su lado una caja de madera con betunes, cepillos y gamuzas para limpiar zapatos. Sobre un par de mocasines expuestos había un grabado de Gordillo, y al lado de éste un paisaje con tintes expresionistas: un cielo rojizo y un sol blanco sobre una ciudad en la que se adivinan murallas, firmado por Aguirre.

-¿Es tuyo? -Me contestó que no, que es de un familiar y, como si de un juego se tratara, me preguntó cuál era mi pintor favorito. Me vino a la mente, no el cuadro de Degas y los jinetes que había recordado hacía unos instantes, y quizá debí haberle dicho que Joaquín Sorolla, pero no sé porqué me vino a la mente Roger van der Wayden,- El Descendimiento del El Prado es impresionante, imagino que lo conoces.

Estuvo colocando sobre unas piezas de madera colgadas en la pared zapatos sueltos con el mimo y el cuidado que se tiene al colocar un cuadro. Hablamos de finanzas y de arte. La charla fue amena y distendida. Fotografié los zapatos y los rincones de la sala hasta que sonó el teléfono que estaba sobre una mesa en la entrada. Nos despedimos.

Al salir noté como una oleada de calor intenso subía calle arriba, y al alejándome recordé la sensación que había tenido al entrar en la galería, la evocación del tiempo a través de los zapatos y el arte que envolvía el ambiente. No pude recitarlo pero pensé en un texto de Proust, que decía al final de En busca del tiempo perdido: "el recordar una determinada imagen no es sino echar de menos un instante..."









Aguirre & Gross en C/ Fernando El Santo, 24