viernes, 29 de noviembre de 2013

Blas de Lezo

Estos días hay un exposición en el Museo Naval de Madrid sobre la figura de Blas de Lezo, marino del siglo XVIII del quien curiosa e injustamente se pierde el rastro en la historia de nuestro país. Había leído sobre él por los trabajos que me encargaba el profesor Antonio Lafuente, investigador del CSIC, sobre la figura de otro gran marino, Jorge Juan, aunque estos eran sobre física, construcción naval, astronomía e Ilustración en España. Pero vayamos a la historia de Blas de Lezo, y copio literalmente la presentación que se hace de él en el tríptico de la exposición:

Blas de Lezo nació en Pasajes de San Pedro, Guipuzcoa, en 1689. Ingresa en la Marina con 15 años y destaca pronto por su valor en la Guerra de Sucesión donde se forjará como militar. Participará en los principales episodios del conflicto: la batalla de Vélez-Málaga (1704), el socorro a las ciudades de Palermo y Peñíscola y los sitios de Barcelona (1706 y 1714) y de Tolón (1707). Con sólo 23 años asciende a capitán de navío y a los 25 era cojo, tuerto y manco por las heridas sufridas en combate, lo que le valdrá el apodo de Mediohombre.

Tras la Guerra de Sucesión, donde se dilucidaba también la influencia de Inglaterra y Francia en el panorama internacional, ambas potencias en ascenso, intentan imponer cada uno su pretendiente en el trono de España tras morir Carlos II sin sucesión. Francia gana el pulso y el trono lo ocupa Felipe V, el primer Borbón. Se firma el Tratado de Utrech por el que España cede, entre otras plazas, la isla de Menorca, Orán y Gibraltar, con lo que Inglaterra se asegura parte del control del tráfico marítimo del Mediterráneo y el comercio con América. Hay que tener en cuenta que no se trata sólo de los consabidos cargamentos de oro y plata, sino productos tan valiosos como la quina. Una vez en el trono Felipe V reoganiza el Estado, y entre otras cuestiones emprende la modernización de la maltrecha y decadente Marina, labor que desempeñará el secretario de Estado José Patiño, de quien Lezo será hombre de confianza.

En estos años de cambios vive Blas de Lezo. Entre sus misiones, después de su participación activa en la Guerra de Sucesión es destinado a la Escuadra del Mar del Sur para luchar contra la piratería en las costas de Chile y Perú y la defensa de los territorios ultramarinos de donde es trasladado por discrepancias con el virrey. Posteriormente, al mando de la Escuadra del Mediterráneo, participa en las expediciones a Génova (1719) y Orán (1732), hasta alcanzar en 1734 el empleo de teniente general, la más alta graduación de la Armada. En 1736 asume la defensa de Cartagena de Indias, considerada la llave de las Indias y plaza clave para mantener el dominio español en la zona. Será allí donde demuestre sus dotes de estratega y protagonice su mayor hazaña militar: la batalla de Cartagena de Indias.

Tras la firma de Utrech y debido a las numerosas presas que hacía España de barcos ingleses dedicados al contrabando. El comercio inglés vive una profunda crisis y los comerciantes ingleses presionan sobre su gobierno hasta conseguir la declaración de guerra contra España en noviembre de 1739. El principal objetivo era asfixiar el comercio español con América aprovechando el caos existente en las colonias y la debilidad de la incipiente flota española. Inglaterra cree estar en condiciones de infligir una seria derrota, y con estos argumentos, envía al almirante Anson con una flota para atosigar las costas del Pacífico a la vez que determinará que el almirante Edwar Vernon, al mando de una flota, ponga rumbo al Caribe, "...para cometer toda suerte de hostilidades contra los españoles de la manera que juzgue más apropiada".

En diciembre de aquel año la flota inglesa aparece frente a la bahía de Portobelo, destruye las fortificaciones e incendia la ciudad. Desde allí Vernon pone rumbo a Cartagena de Indias donde estaba fondeada la flota mandada por Lezo. La disparidad de fuerzas hacía presagiar un desenlace favorable a la flota inglesa compuesta, según las fuentes, de entre 23.000 y 30.000 hombres, 135 a 195 buques de los que entre 36 a 51 eran de guerra; Lezo disponía de 2.300 a 3.200 hombres y 12 buques de los que 6 eran de guerra. En vista de estas cifras el almirante inglés había anticipado a Londres una victoria más que segura, llegándose a acuñar monedas conmemorativas de la más que segura victoria.

El día 19 de marzo la flota inglesa comienza las hostilidades atacando las baterías de Tierra Bomba. El cerco a Cartagena de Indias fue implacable y los peores rumores se extendieron por toda la colonia, llegando incluso a Quito donde científicos franceses, en misión geodésica en la que tomaba parte el teniente de navío Jorge Juan, se hicieron eco de los hechos. La batalla se prolongó hasta el 29 de abril en que cesaron los bombardeos ingleses que, derrotados, el día 10 de mayo y durante 10 días fueron saliendo de la Bahía Exterior, dejando tras de sí entre 6.000 y 11.000 muertos y entre 7.000 y 8.000 heridos y a Vernon maldiciendo a Lezo en la retirada. España había perdido entre 100 y 800 efectivos y 1.200 heridos. Con este hecho Inglaterra había sufrido la mayor derrota naval de su historia.


Vernon escribía a su mujer el 31 de marzo, ya en plena contienda, sobre objeto de su misión: "...Sólo tengo tiempo de añadir que ha complacido a Dios Todopoderoso preservar mi salud para llevar a cabo estas gloriosas fatigas... para humillar a los orgullosos españoles y llevarlos al arrepentimiento por todas las heridas y las depredaciones llevadas a cabo contra nosotros durante mucho tiempo". El almirante inglés ya había rivalizado con Lezo en la batalla de Vélez-Málaga en 1704 siendo ambos guardiamarinas. Ésta fue la batalla naval decisiva en la Guerra de Sucesión y donde a Lezo, con 15 años, le fue amputada la pierna en cubierta por las herida recibida por un cañonazo.

Las discrepancias y enfrentamientos de Lezo con el virrey, Sebastián de Eslava, le llevaron a ser apartado injustamente de su puesto al frente de la escuadra de Cartagena de Indias, donde muere poco después, el 7 septiembre de ese mismo año, víctima de la peste provocada por la ingente cantidad de muertos sin enterrar que dejó la batalla. Invicto en su dilatada vida militar, es enterrado en un lugar desconocido y sin el reconocimiento merecido. El rey Jorge II de Inglaterra prohibió toda publicación que hiciese referencia a la humillante derrota de Cartagena de Indias, lo que unido a nuestra flaca memoria, ha propiciado el olvido de un personaje tan destacado en la historia de España. Es de señalar, por último, que para esa exposición el Museo Naval pidió prestado unos retratos del almirante Vernon al National Maritime Museum, e iniciados los trámites, la institución británica adujo que no podía hacer el préstamo por estar los retratos comprometidos para otros actos.

Las fotografías y los textos subrayados pertenecen a la exposición Blas de Lezo, el valor de mediohombre, en el Museo Naval de Madrid, abierta hasta el 13 de enero de 2014.
También me he documentado en Los caballeros del punto fijo, de A. Lafuente y A. Mazuecos.

Blas de Lezo. Estatua en la Plaza del Descubrimiento, de Madrid
inaugurada el 22 de noviembre de 2014

lunes, 25 de noviembre de 2013

Irene Dubrovsky: Mapas de la Alteridad


Siempre sentí una profunda atracción por los mapas. Todavía conservo el primer atlas que tuve de niño y me parece que aún no se ha mejorado, aunque no es así, pero al verlo se renueva la fascinación que hace años ejercían en mi. Recuerdo una cita: Cuando era un niño, escribe Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas, tenía pasión por los mapas. Me pasaba horas y horas mirando Sudamérica, o África, o Australia, y me perdía en todo el esplendor de la exploración. En aquellos tiempos había muchos espacios en blanco en la tierra, y cuando veía uno que parecía particularmente tentador en el mapa (y lo cuál no lo parece), ponía mi dedo sobre él y decía: cuando crezca, iré allí...


La exposición que entré a ver, de la artista mexicana Irene Dubrovsky, en el Instituto de México en España, me hacía recordar esa atracción del afán viajero y el misterio de lo incógnito que de niño me transportaba imaginariamente a cualquier rincón del mundo. Plasmar esa pasión de forma abstracta y guiarse por los complejos rumbos que marcan las conexiones aéreas y los husos horarios, y que sean ellos los que nos indiquen dónde están los nodos de población, esos vacíos representados en blanco, despoblación o desierto, es un enigma aún indescifrable en mi.

La obra de Dubrovsky no es fácil de clasificar, aunque trasciende una belleza peculiar y atractiva difícil de encajar en un modelo o en una corriente artística. El crítico de la exposición comenta que la naturaleza de su obra no puede clasificarse como pintura, ni como arte objeto ni como tapiz ni collage, ni dibujo; sólo puede posicionarse como una gloriosa manifestación del arte contemporáneo. Antes advierte que las obras de Dubrovsky transitan entre lo figurativo, lo abstracto y lo geométrico para generar juegos ópticos y tridimensionales. Esto es lo que va a percibir el espectador de forma inconsciente, pero existe un trasfondo que evoca el significado social de la obra, más allá de la ejecución artística, que no deja de ser primorosa, elegante y envolvente, son los vacíos, esos espacios en blanco que señala Conrad y que el propio crítico nos recuerda: la abstracción del espacio, un espacio que es arrasado por la crisis del capitalismo y las grandes utopías geopolíticas, un espacio en blanco que margina a millones de personas, las relega al ostracismo de las corrientes modernas, la tecnología, el desarrollo y la nueva civilización y las posterga, tal vez, al corazón de las tinieblas.

Resalta gráficamente las zonas del planeta en las que no existe comunicación aérea con el resto del mundo, ya sea porque se conserva como un oasis natural o evidencia que es una zona que ha sido desdeñada por las grandes economías mundiales, vuelve a recordarnos el crítico. La misión del artista es develar esas incógnitas, esas culturas olvidadas; y la del espectador, absorberlas, reinterpretarlas y hacerlas suyas. Sin duda la obra de Irene Dubrvsky es un gran tejido que envuelve y vuelve a coserse, se transmuta en la invención del espectador, la invención del otro; en recordar que a través del arte podemos ser mejores seres humanos.

Mapas de la alteridad, de Irene Dubrovsky, en Instituto de México en España, Carrera de San Jerónimo, 46 de Madrid, frente al Congreso. Lunes a viernes de 10 a 15 horas.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Jessica Lange: Unseen


Después de la vorágine de exposiciones de FotoEspaña, y a continuación, casi a renglón seguido, la de Fernando Puche, a estas alturas del año estaba huérfano de fotografía, aunque en el intermedio, la galería EspacioFoto había incorporado a su fondo obras de Ángel Sanz y Christian Domínguez y pude ver algo nuevo. Fue en esta visita cuando me comentaron que estaban preparado una exposición de Jessica Lange. Hace unos días recibí la invitación para la inauguración. Tenía una imagen soberbia, una niña sujetando un serpiente, y no he sido el único que le gustó la fotografía, ayer, cuando acudí al evento, muchos quisieron fotografiarse junto a ella.

Podría describir de memoria casi todas las fotografías, quizá porque cada una de ellas es una historia, o mejor dicho, un instante de la vida cotidiana que me sugería una historia, porque no se trata de una serie o de una temática concreta, sino que la artista ha ido recogiendo momentos puntuales y cotidianos: la imagen del espejo retrovisor del coche, una pareja descansando en el césped, un padre somnoliento y el hijo desnudo jugando a su lado, la labor y el arado...
Pero, como cada cual, también tengo mis favoritas, un globo aerostático volando o quizá dibujado en una pared de ladrillo, la posición de las piernas de tres colegialas sentadas en un escalón, y una pareja de niños saliendo de un portal. Esta última es la que más me gustó, ¿por qué? La respuesta la leí en la tarjeta de presentación, en el reverso de la niña con la serpiente:


-Whatn are these pictures, I ask?
-Oh, things I see.

Things Isee, responde ella, como una letanía, un leitmotiv, casi un canturreo que se lanza tras una interjección y va rondando solo, sin necesidad de más impulso.

A una conocida con la que coincidí en la sala, le gustaba una de tres rabinos, otra de dos niñas jugando y otra de una niña con una flor, aunque al final se dejó fotografiar junto a la niña de la serpiente ¿Por qué me gustaba a mí la de los niños saliendo del portal? Me atraía la luz, la mirada fugaz del niño a un lado de la acera, la inseguridad ante la calle vacía, inundada de luz, quizá de calor, que me traía recuerdos de mi propia niñez, esos recuerdos que se evocan ante una situación similar, la sensación de haber vivido esa escena mucho antes.

Las fotografías de Jessica Lange son escollos sin más pretensiones que hacer visible el movimiento de la vida. A continuación se cita una frase de Stieglitz que conviene llevarse con uno: "El arte es lo que da cuenta de la vida y la vida, o lo que significa, se halla en todas partes". Jessica Lange, en sus recorridos, se ha encontrado con ella, aquí y allá, en lo sencillo, en lo común, en la ceguera. Y a partir de aquí seguir buscando y contemplando, capturando instantes para luego recrearlos y volver a vivirlos al sentir que alguna vez estuvimos allí y que esa historia es también nuestra historia.
Unseen, de Jessica Lange, en galería EspacioFoto, en calle Viriato, 53 de Madrid
También en http://www.espaciofoto.com/web/index.html aunque nada mejor que pasarse por la galería.


miércoles, 20 de noviembre de 2013

Carlos Rivera: Construcciones


Me cuenta el autor que su obra se genera al albur de la crisis, viajando al norte, o volviendo del norte y viceversa, observando el impacto que esqueletos de casas y edificios medio construir tienen sobre el paisaje, construcciones que se iluminan al amanecer y al anochecer se funden en la oscuridad sin que nadie los habite. Terrenos baldíos, roturados y asfaltos resquebrajados, vacíos de almas y de tránsito, desde Madrid, por los círculos concéntricos de la M-30, M-40, M-50, hasta la frontera más allá de Somosierra:  Se vende, Oferta, Pisos, Parcelas, Naves. De las verdes praderas y la vorágine especulativa, sólo queda el abandono, la obra inacabada donde sólo se oye la chicharra por el día o el nocturno del grillo cuando debían oírse voces. Es la ironía de la construcción.

Una mujer me toma del brazo y me enseña una obra, se titula El nido. Los dos jugamos a imaginar. Le comento que en mi corral todas las primaveras anidan el pinzón y el gorrión y que cuando regreso en verano muchas veces el nido está en el suelo. No parece una metáfora del nido abandonado y caído, pero sí me lo recuerda, aunque aquéllos tienen la urdimbre de hierba seca y suave, y éste parece tejido en alambre, frío, duro y cortante.


Voy al catálogo para comprender la obra desde otra perspectiva de la que me ha explicado el autor, su viaje de ida y vuelta y la metáfora de la construcción inacabada. Acudo al catálogo porque a menudo no alcanzo a descifrar el conceptualismo que parece esconder la obra, lenguaje que vuelve a repetirse en el catálogo y me deja huérfano de comprensión. En este caso me remiten a Freud, a Lacán y a Umberto Eco.

La obra es la expresión de su gusto no disimulado por las texturas, su apego a la tradición lúdica de la abstracción concreta y, más que nada, esa libertad (espontaneidad) infantil que aún aún conserva. Quizá sea éste el concepto freudiano, que imagina a Rivera cortando, pegando y pintando como un adolescente que recién ha descubierto el mundo del sexo y alguna de las variantes del erotismo, y más allá aún, no siempre descuida el hecho de que los signos pictóricos pueden ser en alto grado "materia para desvaríos retóricos".

Pero lo más revelador es cuando habla de los géneros artísticos de los que parece alejarse el autor: Lo suyo no es pintura ni escultura. Es, más bien, una rara hibridación donde lo escultórico y lo pictórico, incluso lo propiamente arquitectónico, entran en pugna y se trascienden. Mi compañera de turno va llevándome cuadro a cuadro, construcción a construcción. A ella le apasionan los ocres, "esos pardos", me dice con cierta pasión y un acento porteño; la apoteosis del goce de la libertad creadora, dice el ensayista en el catálogo; para mi es el aparente desorden de las piezas sobre la tela, los movimientos de algunas de ellas y el conjunto, en armonía con la idea que trasciende.

Con estos pensamientos mi compañera se deshace de mi brazo y se despide. Cada uno por nuestro lado, entre el resto de visitantes que charlan animados, mientras, seguiremos buscando por separado el significado cuasi cubista de las construcciones de Carlos Rivera.


Construcciones, de Carlos Rivera en Galería Orfila, en calle Orfila, 3 de Madrid, hasta el 5 de diciembre de 2013.
Para mayor información podéis consultar: http://www.galeriaorfila.com/Exposicion_actual.htm

lunes, 18 de noviembre de 2013

Gustavo Díaz Sosa: Epopeyas para el Nuevo Milenio


Hace unos días inauguró Gustavo Díaz Sosa una nueva muestra, continuación en parte de estos Huérfanos de Babel y la serie Burócratas y Padrinos, con el título Epopeyas para el Nuevo Milenio. Si antes su propuesta giraba alrededor de la maquinaria pesada de la burocracia y la frustración del individuo que choca frontalmente con esas líneas imaginarias, fronteras en muchas ocasiones crueles e inhumanas, ahora introduce nuevos elementos que sintetizan la más brutal de las odiseas, las migraciones forzosas que provocan las guerras y las miserias políticas y religiosas y que occidente, un mundo aparentemente solidario y civilizado, se muestra incapaz de asumir: las pateras, las derivas y la tragedia de un mar que engulle inmisericorde parte de esas diminutas almas que no contempla más que como una suma de unidades, sin nombres, sin rostros y sin futuro.


Mientras que en las anteriores series predominaban los lugares cerrados como oficinas o estaciones, ahora Díaz Sosa se abre al espacio abierto, donde se vive y desarrollan esas epopeyas a través de dos elementos significativos: el barco, la nave en la que los nuevos Ulises sin gloria, se aventuran hacia un nuevo territorio, y el caballo de madera, la argucia que el mismo Ulises ideó en la playas troyanas para franquear los muros inexpugnables de Ilión; dos metáforas que prolonga y desarrolla de esos Huérfanos de Babel, por lo que dejo a continuación el texto íntegro de aquella exposición. 


Huérfanos de Babel, de Gustavo Díaz Sosa, es una fuente de sensaciones agónicas y desangeladas, de personajes diminutos que parecen deambular en la soledad apabullante de la muchedumbre. Díaz Sosa crea un ambiente en el que juega con la soledad del individuo indefenso que se enfrenta al poderoso aparato  de la burocracia y el trato impersonal y despiadado que recibe del Estado. En cada una de las obras escribe una sentencia, como un aviso o una burla despiadada, frases cortas e inequívocas que van despojando al protagonista, al individuo y su existencia, de su propia identidad: la masa contra el individualismo, las migraciones sin personas a las que se les va imponiendo el silencio y la humillación de ser sólo parte de ella, nada más.


La mayoría de las obras son de formato grande, de lino y sobre éste trozos de obras antiguas, dibujos en papel rotos y pegados sobre la tela, son como una metáfora de banderas y los documentos, los desvaríos burocráticos y el imperativo poder del funcionario, examinador atento unas veces y otras aburrido, casposo, hastiado, malhumorado: usted no sabe con quién está hablando, vuelva usted mañana, falta un sello, no es aquí... Representa cientos de figuras que deambulan entre edificios faraónicos construidos para esa nueva casta de hombres de levita, manguitos y anteojos, con un tampón a su derecha, una resma de instancias a su izquierda y un sello de caucho en la mano. Tan-tan! suena sobre el papel timbrado, sobre la fotografía, bajo una firma ilegible; y frente a cada fugitivo, cada inmigrante, cada ciudadano: un policía, un aduanero, un funcionario: Éxodos del Nuevo Milenio, se acercaba el día de mi audiencia. Me acerqué titubeante, el tribunal parecía dispuesto a darme la absolución, qué ingenuo! ¿y quién dijo que iba a ser un juicio justo? Ya ves, no es un juicio justo.

En la obra hay ventanas, muchas ventanas a las que asomarse, puertas por las que entrar o salir. Unas cuantas sillas, las imprescindibles De burócratas y padrinos. Siéntese ¿y usted de parte de quién viene? Subir, subir, subir. Al fondo hay una escalera, mejor no coja el ascensor, es sólo para gente de la casa. Hay golpes en la vida tan fuertes que a veces nos cuesta la muerte recuperarnos. Estoy en el reino de los mediocres, ¿aquí quién manda? Es la Barataria de mediocres y almas rotas. ¡A ver! se oye al fondo -El siguiente, por favor! Vale y ahora qué? Y ahora qué? Burócratas!!! Yo quiero un padrino. Alguien me mira, sisea muy serio, tiene tinta en el antebrazo y sobre el cuello de la americana azul restos de caspa y grasa: Y éste cree que todo irá bien, ¡¡¡qué inocente!!!



Sobre el papel pegado dibuja con carboncillo infinitas figuras humanas esquemáticas, hileras de personajes anónimos que esperan su turno tras una valla. Crea un ambiente de falsa tranquilidad. El burócrata, iluminado por una lámpara y somnoliento, parece meditar en su mesa, a modo de tribunal va llamado: vayan pasando. Me gusta Kafka, parte de la obra es una visión de El Proceso. Arquitecturas que se yerguen infinitas al cielo, a la derecha un coro o una orquesta, un público expectante observa al reo: ¿y usted quién es? Es un hombre solo, un sin número de sillas vacías y él sin poder sentarse, ¿A qué ha venido usted, entonces? Y así pasé una parte de mi vida, suplicando a burócratas porque no tenía padrino. Pero un día descubrí que no se trata de hacer las cosas bien, sino de tener de quién agarrarte...

Los espacios parecen cerrarse, son como cárceles, las paredes altísimas parecen robustas, a dos tintas: utilizo muchos elementos, como pólvora, otras parecen café. Al fondo, en un bastidor inmenso, un paisaje de girasoles grises: Una vez vi a Dios entre girasoles... llevaba mi nombre en su frente... Huérfanos, conspiración, huérfanos de Babel, Qué pocas ganas de trabajar hoy. Este señor es un intelectual, nació en Cuba. No lo parece, casi no tiene acento. Nací en un lugar que tenemos la facilidad de acoger los ritmos que oímos ¿rítmos? Quizá quiso decir acento. ¡Qué forma más extraña de hablar! La Asamblea y los huérfanos de la otra Babel. Llega un grupo de conocidos, se abrazan, se saludan y estrechan las manos. Los acompaña y les explica las obras. Hay dos o tres personas frente a cada cuadro y en cada uno de ellos una sentencia, una frase, un visado, un lenguaje. Qué bueno que viniste! A este ritmo seguramente terminaré retirándome del arte y montando un negocio de jardinería... Porque la vida es más agradable entre flores y árboles que atormentado intentando crear buen arte...

Seas quien seas, estés donde estés, no dejes de existir: En el caso muy probable de que no pudiera usted acordarse de mí lo más mínimo, me presento de nuevo: me llamo Franz Kafka, y soy el que le saludó a usted por primera vez una tarde...


Huérfanos de babel, de Gustavo Díaz Sosa, en la Galería BAT Alberto Cornejo, en calle María de Guzmán, 61 de Madrid.

Epopeyas para un Nuevo Milenio, de Gustavo Díaz Sosa, en la Galería BAT Alberto Cornejo, en calle María de Guzmán, 61 de Madrid, hasta el 9 de abril de 2016.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Castillos: Por tierras de Valladolid


Hace unos días leí en el blog de una amiga que no hay nada más reconfortante que hacer lo que a uno realmente le gusta, en su caso era ir al cine, en el mío son muchas cosas, pero hay una que no se solventa con 2 horas y es visitar castillos.Ver un castillo no es únicamente ver arquitectura medieval, en muchos casos en pura ruina, es vivir la historia, adentrarse en la simbología, la filosofía, el arte, en definitiva es un compendio de sociología. Una vez leí que un castillo y un barco son los ejemplos simplificados de una organización social perfectamente estructurada y jerarquizada. Por alguna de estas razones o por todas ellas, me gusta visitarlos.

Castillo de Íscar
En septiembre me organicé una excursión por tierras de Valladolid: mapa, cámara, documentación y bloc de notas. Previamente hago un pequeño circuito con los lugares por los que voy a ir pasando, parando si llega el caso, y anotando las anécdotas que me ocurren. Lo mejor, aparte de la visita al castillo, es el contacto con los vecinos, charlar con otros visitantes, ir aprendiendo cosas, pequeñas historias y peculiaridades que nunca se recogen en los libros: hablo con el dueño del bar, con la señora que barre su puerta, con quien pasa por allí... es algo gratificante, espontáneo y enriquecedor.

Castillo de Portillo
Salí de Madrid sin un itinerario claro a las 11:15 y con un calor que comenzaba a ser molesto. No sabía hasta dónde iba a llegar, ni si iba a hacer las visitas ese día o al día siguiente. El primer destino era Íscar, desde allí tenía dos opciones o subir hasta Portillo o volver para comer en Olmedo y desde allí a Fuente el Sol. En el caso de que tuviese más tiempo la segunda opción era de Íscar hasta Portillo, Fuensaldaña y Fuente el Sol, aunque esta posibilidad era la más improbable porque entre medias tenía que cruzar Valladolid. Finalmente fue lo que hice, la más completa: paré en Íscar, donde comí; después Portillo, Fuensaldaña, donde pasé una tarde muy agradable visitando prácticamente todas las dependencias del castillo, y camino de Fuente el Sol, pasé sin parar por Simancas, Medina del Campo y Arévalo, este último en Ávila, que aunque tienen fortalezas formidables ya las conocía. Terminé la jornada merendando en Pajares de Adaja y de allí a Mingorría donde terminé la excursión a las 20:05 después de 410 km. de ruta, que hubiesen sido menos de haber encontrado a la primera la subida a Portillo, si hubiese tenido bien indicadas las carreteras y no me hubiese extraviado dos veces en Valladolid.

Castillo de Fuensaldaña
Hubo varias incidencias. Entre Olmedo e Íscar volcó un pequeño camión cargado de tablas de madera que me retuvo varios minutos. Luego sufrí las propias de todos los lugares de España: nadie sabe dónde se puede comer en su pueblo porque claro, todo el mundo come en su casa. Una peculiaridad de Íscar es que para ir al restaurante todas las calles son dirección prohibida y para volver a la carretera extrañamente también lo son. Portillo es un pueblo que está en un alto y a los pies tiene un barrio que se llama Arrabal de Portillo, donde anduve extraviado dando un par de vueltas al pueblo y sin ver el castillo por ninguna parte, hasta que me indicaron la dirección correcta, el castillo está oientado al norte en vez de al sur como es lo normal. Aunque la verdadera odisea fue cruzar Valladolid, me llevó casi media hora, sobre todo porque la carretera de circunvalación nueva está sin terminar y tras varias vueltas uno acaba curiosamente en el punto de partida y además hacía un calor insoportable. Una vez en Fuensaldaña visité el castillo en un grupo organizado del que yo era el único integrante por lo todas las explicaciones de la guía fueron para mi solo.
Castillo de Fuente el Sol
Desde allí a Fuente el Sol, al llegar pregunté a un grupo de viejos, unos 6 que estaban charlando a la sombra de una tapia de adobe, y se extrañaron que alguien fuese al pueblo para ver sólo el castillo, y más aún el día que tenían carreras de galgos. Por fin en Pajares de Adaja , ya en tierras de Ávila, donde merendé un trozo de chorizo y una cerveza sin alcohol que me sirvió, muy amablemente, un señor que no era del bar y con quien estuve charlando sobre lo mal que se está dando la caza este año.

Llegué a Mingorría exhausto, donde terminé el día sin ganas de hacer un repaso de la jornada. Cada visita merece una entrada por sí sola, para detallar los lugares, describir las fortificaciones y las charlas con los lugareños, pero son historias que ya iré desgranando por aquí. Para acabar una recomendación, para estos viajes no utilicéis ese chisme que se llama GPS os hará perder todo el encanto del contacto con la gente.

Como comentaba ya he subido la historia de cada uno de los castillos y los hechos históricos más destacados que sucedió en cada uno de ellos.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Cruz-Diez, 90 años


La Galería Cayón muestra estos últimos días, sólo restan 3 para su clausura, una interesante exposición de la obra del artista venezolano Carlos Cruz-Diez, máximo exponente del op art, con motivo de su 90 cumpleaños. Al pasar por la galería en la calle Blanca de Navarra (también están en la calle Orfila, 10), vi una de las obras y me decidí a entrar al recordar haber visto alguna en el Museo Reina Sofía, en la exposición temporal La invención concreta. Colección Patricia Phels de Cisneros, una de las primeras entradas que hice en este blog.

La muestra se centra en "obras realizadas en el último año", profundizando en una serie que inició el artista en la década de 1950. La obra es sorprendente, y se hace más atractiva por la participación del espectador a través de un juego de planos e inserciones de piezas que hacen variar el colorido de la obra dependiendo de la situación desde la que se observa.

Según el artista, que recoge la nota de prensa, "En estas obras se acentúa el juego y la distorsión entre lo plano (es decir, el efecto conseguido en lo puramente bidimensional que el artista denomina color aditivo) y el resultado tridimensional que se obtiene con la fisicromía, solución creada por el artista en 1959 que consiste en la inserción de elementos perpendiculares al cuadro que obligan al espectador a desplazarse para intentar adivinar no solo el cuadro en su total complejidad, sino a vivir los distintos efectos de las infinitas variaciones cromáticas". Y desde luego que se es partícipe, y no sólo al desplazarte de un lado a otro del cuadro, subiendo o bajando el punto de vista, sino que ahora también desde el visor de la cámara adquiría una nueva dimensión óptica la forma y el color.

Son más de 50 años experimentando estas fisicromías lo que me hace pensar un proceso evolutivo paralelo a mi propia existencia: toda una vida, que se dice pronto. Hubo, además, o debió haber una "conversación abierta al público" con el autor, una experiencia única sin duda; ahora ya sólo queda contemplar su obra, que es como participar en un juego de prestidigitación o sumergirse en un inmenso caleidoscopio.

Cruz-Diez, 90 años en Galería Cayón en Blanca de Navarra, 7 de Madrid, hasta el 16 de noviembre de 2013.


domingo, 10 de noviembre de 2013

Lalitera 10: Abierto por reformas


Apuestan por lo que saben hacer y abren el camino con "Reformas y piropos". Una sala pequeña que hace de taller y galería, "un nuevo espacio artístico multidisciplinar". Sobre la mesa unos vasos de plástico con un par de tragos de vino tinto y colgadas de las paredes las obras. Son artistas, comisarios, galeristas y obreros.

Miran orgullosos el resultado del primer esfuerzo de la reforma: las paredes blancas, los destrozos del suelo reparados, las obras ordenadas (echo en falta un sofá ocre o rojizo, que ahora no recuerdo) -Yo empezaba a odiarlo, me dice en voz baja uno de ellos. Querer ser como alguien sería un error. -Sí, sí, -sonríen-, poneros ahí para una foto. -Mejor delante de las obras, sugieren. No sé si hay música pero no la echo en falta. En la puerta un cartel avisa: fuma lo que quieras pero respeta el silencio de los vecinos. Poco a poco la sala se va llenando.

Lalitera 10 son cuatro artistas y la primera exposición colectiva está centrada en las piezas creadas a partir de los restos de reforma del local "a medio camino entre la escultura, instalación y pintura extendida" que quieren provocar la reflexión del término reforma "mediante diferentes formas de hacer, materiales, iconografía y lenguajes plásticos".

"Escombros, cascotes, herramientas y materiales de construcción con los que se convivió durante la reforma del lugar, son ahora intervenidos y utilizados como materia prima/soporte de creación para esta muestra". Han  realizado 32 obras de diferente formato y textura. Han escrito a lápiz un texto con el autor y el nombre de la obra; luego, íntegra, el acta de fundación.

Dos días antes el cemento del suelo aún estaba fresco y me comentaban (sentados en el sofá ocre o rojizo) los proyectos, las sensaciones, los precios, hablamos de las galerías del entorno, del barrio, de otros artistas. Me encanta la frescura con que se expresan, y la valentía, saben lo que tienen, lo que son y creen en ello, si les preguntas te explican la obra, como no, una obra comprometida y con fuerte carga social: los desechos, los restos del derrumbe con los que les toca lidiar, la reforma inevitable pero cuestionable e inconformista, que no todo es una fiesta oiga, ni charanga y pandereta... Los visitantes elevan el murmullo en la sala, al menos en la calle la noche se deja querer, lían cigarrillos con el gesto pausado de quien ha hecho un buen trabajo, sobre los tejados una luna pequeña se va elevando por el sur. Yo ya tengo elegida una obra. Disparo una foto y apuro el último vaso.


Lalitera 10 son Juan Sánchez Porta, Andrea Alonso (Magie), Álvaro F. García y Guillermo Enfermo, han abierto con Reformas y piropos, en la calle Sobrerería, 10, en el corazón de Lavapiés, hasta el 17 de noviembre.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Schkak Mareské



A veces, algunas veces, conviene relajar el espíritu y refrenar el ímpetu con el que las cosas, todas las cosas, nos arrollan. El arte y la vida actuales tienen mucha prisa; es la servidumbre que debemos pagar al conceptualismo, a los tiempos modernos y a veces, algunas veces, a la abstracción y a los enrevesados vericuetos de la competitividad. Por eso conviene de vez en cuando sumergirse en un poema de Bukowski, del amor a su gato o a la sinfonía última de Mahler que oyó casualmente en la radio mientras se mecía, sosteniendo una botella de vino barato, frente a la ventana de su apartamento. A veces, como digo, me gusta frenar, parar y dejar a un lado mi desordenado y compulsivo gesto de ver cuanto se pone frente a mi, de leer cuanto cae en mis manos y oír cuanto suena a mi alrededor. A veces conviene pararse a oler en la alacena el aroma que desprende el té con bergamota, o las sábanas en las que reposaron unos membrillos recién cortados, como hacía mi abuela o mi madre, al abrir el cajón del armario.

Con este espíritu me sumergí en la exposición de Schkak Mareské, y de entre todos, en uno que me recuerda a Pissarro, uno que está alejado de la sinfonía de flores, frutas y bodegones que inundan la sala: membrillos, melocotones, nueces, lirios, crisantemos, cebollas, o una granada abierta,entre tan solo un retrato, pequeño y discreto, y ese paisaje pissarriano que me enamora. Oigo que pinta los productos que cultiva en su huerta. Me giro y no veo ningún gesto nervioso, alguien saluda al artista. Tiene una sonrisa afable y generosa.

Nadie lo menciona pero me recuerda a Luis Menéndez y su poético realismo, con la misma intensidad del óleo sobre la tabla y el lienzo, el oficio, el pastel brillante del que surge el girasol, la pincelada suave que deja al descubierto la poesía de los objetos cotidianos, que tan acostumbrados a verlos nos parecen olvidados. Schkak Mareské es médico, pinta por la pasión de pintar y el gesto pausado y su sonrisa amable se trasladan a la obra, lenta y serena, refrenada en el tiempo, tan cotidiana como sencilla y real. A veces, como decía al principio, merece la pena descansar la vista sobre algo conocido y sencillo, como una flor o una fruta, y dejarse transportar por las sensaciones más primarias del conocimiento.

Schkak Mareské, en Galería Amador de los Ríos, en Fernando el Santo, 24 de Madrid.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Juan Francisco Casas


Mi primer día de colegio me sentaron en un pupitre que tenía un agujero y una muesca al lado. El agujero era el tintero y la muesca el lugar donde se colocaba el palillo y los plumines. Llevábamos todos los niños una hoja color rosa que era el secante. Poco tiempo después nos dejaron escribir con estilográfica y un poco más adelante podíamos presentar los trabajos con bolígrafo. Lo que ya no entendí es cómo llegó tan tarde el uso del bolígrafo al arte.

Las primeras obras de Juan Francisco Casas sorprendían sólo por el hecho de que estuviesen hechas con un Bic. Me vino a la mente la denominación tan manida de "democratización del arte", como si ya todo el mundo que tuviese un bolígrafo podía ponerse a dibujar, y curiosamente aún hoy, el gancho de Casas no es la excelencia de su obra sino la herramienta. Afortunadamente no todo el mundo piensa así.

Una mañana me decidí a ir a ver una exposición suya en la galería Fernando Pradilla. Llegué tarde, ya estaban montando la siguiente muestra, pero me dejaron a mis anchas en el piso que tiene la galería como fondo. Allí, sin apenas luz, algo que agradecí porque todas sus obras están enmarcadas con cristal, podía fotografiarlas con un mínimo de reflejos. Me entusiasmó. Fue la sesión con la que más he disfrutado, la soledad de una sala tras otra, asombrándome de la minuciosidad de los trazos, recreándome en el momento que se capta la escena. Luego me preguntaba ¿qué diferencia podía haber entre los trazos de una plumilla o un Roting y un bolígrafo, obviamente ninguno, y lo más llamativo, de tinta azul?

Había en la sala una señorita, algo distante, con la que pude comentar alguna cosa de las obras, como los precios y la técnica. Casas hace sus obras a través de las fotografías que realiza a sus amistades, y se engloba en el movimiento hiperrealista. A mi ese nombre no me gusta, es como si al artista se le encasillase por el hecho de trabajar en segunda generación, la primera es la impresión de la fotografía, pero en este caso hay elementos que trascendían más allá de lo que podía ser una simple copia, y era el momento en que se capta la imagen, la distorsión que hace de ella, es como un juego entre amigos en el que se fotografían mutuamente y son cómplices de cada instante, es más, me preguntaba qué le hacía escoger precisamente ese momento de la fiesta, ese movimiento y no otro y distorsionarlo con un enfoque exagerado, captando sólo el gesto. Todo el submundo del artista es ya de por sí un mundo, e intentar desentrañarlo quizá sea intentar desmenuzar demasiado la obra y hacerla imperceptible y carente de sentido, pero todo tiene su explicación.

Me hice con un catálogo (volví tres días después para comprarlo) y leí la introducción, quizá demasiado academicista, pero aún así, esclarecedora. Me quedé con una pregunta, casi retórica, sobre el hiperrealismo: ¿por qué o para qué reproducir lo que ya se nos da en la fotografía? Ese juego es el que nos toca jugar y descifrar a cada uno de los espectadores. Para mi ha sido muy intenso y satisfactorio, y aún me gusta jugarlo. Y sobre el artista, termino con la frase final de la introducción del catálogo: Portentoso, brillante en su coherencia e intachable en su desparpajo, Juan Francisco Casas es, sin ninguna duda, un hábil seductor.


Feria Estampa (Octubre 2014)
Feria Estampa (Octubre 2014)
Galería (Enero 2015)
Éros c'est la vie (Abril 2015)
Galería (Diciembre 2015)
Galería (Abril 2016)