viernes, 27 de diciembre de 2013

Damián Flores Llanos: Eduardo Torroja

Le conté a la chica de la galería que hacía unos años, escuché una entrevista de radio a la cantante pop Ana Torroja. La entrevista en sí no aportaba nada hasta llegar un momento en el que hablaron del abuelo, de Eduardo Torroja, el ingeniero. He de confesar que no recuerdo prácticamente nada de aquella entrevista, tan sólo se me quedó una imagen, que bien puede confundirse con cualquier otra de cualquier otro momento: un salón y una mesa en torno a la que se reúne una familia.

Cuando entré en la galería sentí esa sensación que hacía tiempo que no tenía, de sosiego y tranquilidad. Llevaba un rato mirando las obras una a una, volviendo sobre mis pasos si era preciso, por si se me había escapado un detalle, fue cuando redescubrí el placer de ir, volver y deambular por la sala, sin prisa, sin que nadie que te estorbe, ni a quien molestar. Además, tampoco quería ponerme a analizar las obras, porque la obra de Damián Flores Llanos es aparentemente sencilla. Es el homenaje de un pintor a un ingeniero y, así de entrada, se tiene la sensación de estar frente a Hoper, porque Damián Flores capta la imagen de la obra que quiere representar y al personaje que la está observando, y los integra en el cuadro con una sencillez exquisita.

Los colores, las escenas sin movimiento y las proporciones crean un ambiente propicio para trasladarse a la época en que se se realizaron las obras de ingeniería, a la mitad del siglo pasado. Me encantaron unos personajes junto a un coche en el Viaducto de los 15 ojos, porque era rescatar un poco mi propia infancia, esos años en el que el coche era poco menos que una molestia pasajera a la hora de jugar al balón en plena calle y aquella llamada ¡Que viene un coche! y nos apartábamos a un lado de la calle para verlo pasar. También me atraían los colores cálidos, los pardos que arropan a los personajes y hacen de la obra un instante que parece rescatado del recuerdo: el acueducto, la presa, el puente, personajes anónimos tocados de sombrero, envueltos en gabardinas, que observan y fotografían la obra de Torroja, la central térmica, el espacio envolvente del Frontón de Recoletos, el Interior del hipódromo, el Mercado de Algeciras o el voladizo de Poética del hormigón.

De todas ellas hay una que me llamó aún más la atención: Silos en Larache: representa un edificio entre una carretera y una vía de tren. Es como la impronta de un sueño, un cielo limpio y un silencio que envuelve un paisaje sin protagonistas, transmite la sensación de que ya hemos estado allí, que el lugar, la escena y el ambiente ya lo hemos vivido; entonces nos sobreviene nuestra propia impresión, nuestros propios sonidos, esas luces de un tiempo pasado que alguna vez nos pertenecieron. Salí de la galería con la sensación placentera de haber rememorado algo íntimo, de haber recuperado escenas propias y ambientes claros que, en definitiva, son los que perduran en el tiempo.


Damián Flores Llanos: Eduardo Torroja, en Galería Estampa, calle Justiniano, 6, de Madrid, hasta el 9 de enero de 2014.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

San Martin de Tours

San Martín (Ávila)

Hay en Ávila, en la Casa de la Misericordia junto a la puerta de El Peso de la Harina, en el lienzo este de la muralla, una escultura de San Martín partiendo su capa con un pobre. Está esculpida en granito, una piedra que es poco agradecida para la escultura, pero en este caso el resultado es formidable. Siempre me ha gustado la iconografía de San Martín, no hay ciudad castellana que no tenga una. De memoria recuerdo otra interesante, aunque en un lugar menos vistoso, en Segovia, una más pequeña en Salamanca y otra más pequeña aún en Palencia. Pero lo más interesante es la historia que ha inspirado la iconografía del santo, su gesto humano y solidario que merece la pena recordar. La historia, aunque es bien sabida, me encantó volver a oírla de la voz de una guía en la visita que hice a la iglesia de San Martín de Tours en Gaceo (Álava).

Martín era un soldado romano que vivió en el siglo IV. Santo muy venerado en el Camino de Santiago, como santo hospitalario que es, y bajo cuya protección se encomiendan los peregrinos que van a Compostela. A las afueras de Aimens (Francia) donde estaba destinado el Martín soldado, se encontró éste, durante un día frío de tormenta, a un mendigo tiritando medio desnudo. Martín cortó su capa en dos y le dio la mitad al mendigo para que se abrigase. ¿Por qué le dio sólo la mitad de la capa? Porque la mitad era suya y la otra mitad era propiedad del ejército imperial romano. Siguiendo la tradición de la historia, a la noche siguiente se le apareció Cristo a Martín llevando en las manos la mitad de la capa que había entregado al mendigo para agradecerle su gesto.Tras la aparición Martín dejó el ejército, se convirtió al cristianismo alcanzando años más tarde el cargo de obispo de Tours (Francia).

Otras imágenes de San Martín que podéis encontrar en otras ciudades.

Tímpano del Monasterio de Santa María (Siglo XVI)
San Martín de Castañeda (Zamora)
San Martín. Imagen policromada
 Iglesia de San Martín (Madrid)
San Martín en Monasterio San Martiño Pinario
 Plaza de la Inmaculada (Santiago de Compostela)
San Martín en Monasterio San Martiño Pinaro
 Plaza San Martiño Pinaro (Santiago de Compostela)
San Martín 
Calle San Frutos (Segovia)

lunes, 23 de diciembre de 2013

Andrés Montes: Tácticas de identidad


Si algo nos ha caracterizado a los humanos han sido las migraciones, necesarias, forzadas, incesantes, anónimas; y de todos esos movimientos humanos, desde aquel hombre prehistórico que se irguió y colonizó desde el corazón de África el resto del mundo, siempre ha quedado en la oscuridad, en el anonimato, el individuo que compone parte ese ejército que deambula de un lugar a otro, que invade espacios, que convive, que reemplaza, que complementa. Homero, en su Ilíada cita por su nombre a casi cada uno de los integrantes de la gran migración que llegó Troya, pero a no todos, por eso siempre queda, desde antiguo, una especie de grito ahogado de cada personaje, escogido uno a uno de entre esos ejércitos de hombres anónimos: ¡Soy yo!

La primera confirmación de ese yo, de Andrés Montes en su exposición, fue cuando le pedí que me firmara uno de los catálogos de la muestra. Sonrió y se quedó sorprendido de que alguien le pidiese ese gesto de afirmación personal. Él era el artista, el protagonista indiscutible de la reunión, él y su obra frente a un centenar de espectadores que íbamos a descifrar su persona, a identificar a este mexicano, "artista interdisciplinar formado en los Estados Unidos y que actualmente vive y trabaja en Madrid", a escuchar su discurso identitario.

El juego más interesante comienza en la misma exposición, que se mueve entre la instalación, el video y el dibujo, en la contraposición del Soy yo personal frente al Here cardinal, ambas escritas en la pared, el sujeto escrito directamente; el lugar mediante el montaje de fotografías de un árbol que va perdiendo el color, la intensidad y las raíces hasta confundirse con la misma pared, diluirse y desaparecer, como dispuesto a brotar en otro lugar.

Perpendicular a estos dos, en puntos cardinales opuestos, Norte-Sur, caligramas: una casa sin puertas ni ventanas, construida con las palabras "Siempre supe que te irías, pero nunca pensé que sería tan pronto"; y un inquietante horizonte, nubes o montes suaves jalonando una tierra baldía, formado por palabras sueltas y breves enseñas, deseos: sueños, fantasías, i need a place, inquietos, herida... "Montes nos propone que la palabra es forma y viceversa; la obra plástica sería entonces una emotiva brecha entre el signo verbal y el visual". El mexicano, me dice un invitado, es reacio a salir de México. Sí, sale, pero al Norte, allí mismo, como sabiendo que puede volver tan pronto como quiera.

Un proyector va secuenciando sobre la pared una imagen sobre un mismo fondo de un campo agostado. Es la imagen del propio artista que se va moviendo y a la vez fijando a cada trecho, como buscando un lugar donde quedarse para siempre. Y una instalación aún más íntima, en un rincón, como ajena al resto: un poema y la fotografía de un paisaje a la luz tenue de una bombilla incandescente, son el paradigma de la búsqueda de un destino y un deseo: "La migración puede generar pérdidas y ganancias, múltiples negociaciones culturales así como el cuestionamiento del binomio 'nación/identidad', tanto en el sentido físico como simbólico."



Tácticas de identidad, de Andrés Montes, en Instituto de México en España, Carrera de San Jerónimo, 46 de Madrid.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Miguel Sobrino: Monasterios

En Retiendas, Guadalajara, está el monasterio cisterciense de Bonaval, en puro estado de ruina. Para llegar hasta él hay que hacer un recorrido a pie de unos 3 kilómetros por el valle del río Jarama. Cuando llegué allí me encontré que estaba ocupado por un grupo de actores, cámaras y todo un campamento de cine en pleno rodaje. Lo que fue un monasterio fundado en el siglo XII y citado en el Libro de Buen Amor, ahora se había convertido en un plató donde los actores y demás personal se paseaban entre las piedras esparcidas que servían de apoyo y asientos improvisados. Desamortizado por Mendizábal en 1821, fue abandonado por los monjes y el edificio pasó a ser propiedad de los habitantes del pueblo.

Hace unos días presentaba Miguel Sobrino su libro Monasterios en la Escuela de Arquitectos de Madrid, y me vino a la cabeza este viaje por la Sierra Negra de Ocejón. Como ya había leído su anterior libro, Catedrales, escrito de forma sencilla y amena, no era difícil imaginar que el autor siguiera esa misma línea de claridad como es en efecto.

El libro y la presentación se inicia con una introducción del monacato en España en época visigoda y termina prácticamente la actualidad. En este trayecto de siglos va desgranando la presencia y la función del monasterio desde la modificación del paisaje, al componente social, cultural, económico y, claro está, arquitectónico. Nos introduce con los primeros ermitaños en cuevas y abrigos para emerger al exterior con construcciones cada vez más complejas hasta convertirse en verdaderos palacios como El Escorial. Son el eje que conformarán nuevas rutas y caminos; iremos viendo el tránsito de construcciones austeras a dependencias palaciegas destinadas al servicio de la nobleza enclaustrada. Un recorrido preciso sin olvidar el componente social y económico: los monasterios de hombres y los monasterios de mujeres, las órdenes religiosas y sus normas.

Casi al principio nos plantea una pregunta ¿Por qué el ermitaño, el monje, que tiene como fin una vida en solitario se ve obligado a someterse a una vida comunitaria? El retiro y la oración acaban influyendo en lo espiritual, en la política y la cultura. ¿Qué lleva a una asociación que predica la pobreza a encerrarse en edificios cada vez más ricos y opulentos?  No sólo va respondiendo a estas preguntas aparentemente sencillas, sino también a cómo han evolucionando estas comunidades, los edificios y los estilos arquitectónicos y cómo se ha intervenido en ellos en diferentes épocas, un paseo por la historia del Cister a los Cartujos, del prerrománico a la época moderna, de constructores anónimos a la maestría de Juan Herrera, Juanelo Turriano y Sáinz de Oiza; de su influencia espiritual sobre el pueblo llano a ser confesores del Emperador; o el tránsito de la celda humilde de San Pedro de Alcántara a construcciones tan complejas como El Escorial o San Juan de los Reyes en Toledo.

La obra no debe haber sido sencilla llevarla a cabo. Si para su anterior libro, dedicado a las catedrales, no tuvo más que seleccionar unas de entre las más significativas, entre los monasterios es tal la cantidad de edificios dispersos en el tiempo y en el espacio que sólo su selección ha debido ser tarea inimaginable, e ingente, porque se trata de un libro ilustrado con más de 500 dibujos del propio autor, de edificios y su entorno, elementos arquitectónicos, esculturas, personajes y recreaciones de cómo debieron ser algunos de los que hoy sólo quedan ruinas. Una labor ardua, sistemática y metódica que culmina con un resultado extraordinario, claro y ameno, porque no se trata de enumerar edificio, lugares y fechas, sino que a la rigurosidad del docente, une la pasión del artista y del amante del saber, algo difícil de compaginar y, aún más complicado, saber transmitírselo al lector.

Miguel Sobrino es, según sus palabras, dibujante y escultor, además imparte clases en varias universidades entre ellas en la Escuela de Arquitectura de Madrid.

De izquierda a derecha, Javier Ortega, profesor de la Escuela de Arquitectura;
Luis Maldonado, director de la Escuela de Arquitectura;  y Miguel Sobrino.

Monasterios.  Las biografías desconocidas de los cenobios de España, en La Esfera de los Libros.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Camerún


Para hacer esta entrada me he documentado sólo porque el concepto europeo de lo que es y representa una máscara o una estatua no me servía para esta exposición. Las máscaras y estatuas, presentes en todas las civilizaciones, tienen un sentido mágico desde épocas primitivas, pero el sentido que los europeos en general les damos no es el mismo que los pueblos centroafricanos dan a sus producciones, al igual que el sentido de la muerte, la pérdida de un familiar, tampoco es el mismo.

"Una máscara o una estatua africana suele ser un objeto ritual. Lo que en occidente se define como objeto de arte es, antes que nada, un objeto útil en el contexto de un marco cultual determinado". La máscara está asociada a la vestimenta y el baile de la que forma parte; la estatua lo está al antepasado y sólo tiene sentido en el ámbito del culto familiar y en los ritos. "El ser humano perduraba en su esencia. Sólo una parte del difunto, que ya ha adquirido el rango de ancestro, desaparece: su aspecto carnal, su cuerpo. La permanencia entre los suyos, el mundo de los vivos, está garantizada a perpetuidad", de esta forma el fallecido pasa a tener otro estado, se transforma y adquiere otra dimensión: la inmortalidad.

Esta fue la primera lección que intenté aprender para poder comprender la exposición y la belleza extraordinaria de las piezas. De todas formas no podía evitar que me trajeran al recuerdo y las vinculase con nuestra cultura occidental europea; y la primera propuesta fue rescatar del recuerdo ese deseo de vuelta al pasado que pregonaron algunos artistas de principios del siglo pasado, el primitivismo que vemos en obras de Picasso, Braque o Modigliani cuando buscaban una salida a los cánones impuestos a través de los siglos y que habían perdido toda expresividad y naturalidad. Le pregunté a otro invitado qué opinaba de las obras. Me dijo que le atraían sobre todo los tocados y el pelo de las máscaras; a mi, sin embargo, me llamaba la atención los rasgos exagerados y la laxitud de las formas en algunos casos, la expresividad y las escarificaciones que el personaje representado trasladaba a la máscara, una transmisión de personalidad, quizá, y con esa idea podía imaginar, quizá también, un aspecto mucho más íntimo del personaje representado.

Entre las esculturas, había varias, destacaba una Maternidad, que recuerda a una virgen románica con el niño, y una impresionante Reina Mafo hecha de cuentas menudas engarzadas a modo de collares y pulseras rojizas, y frente a ellas un guerrero en pose intimidatoria, sujetando un puñal con ambas manos y una expresión de fiereza sobrecogedora.
La exposición la completan otras piezas de uso cotidiano: espantamoscas, reposacabezas, asientos, tocados y una selección de fotografías de José Ramón Bas.

Tal vez todas estas obras sean como los restos de un naufragio; todo lo expuesto: máscaras, esculturas, muebles y útiles de madera no suelen tener mucha duración en su entorno natural, como máximo 10 años si no han sucumbido antes a los insectos y la humedad, por eso lo extraordinario de estas piezas, verdaderas mediadoras entre el mundo visible y el mundo sagrado, el nexo de unión entre los vivos y los muertos, la expresión visible de los espíritus. Este valor mágico, que nadie tema, se pierde al terminar la ceremonia en la que han sido utilizados, y a partir de entonces no deja de ser más que una obra de arte, que es el sentido que tiene para nosotros.

La muestra cuenta con la colaboración de la Embajada de Camerún y fue emocionante asistir al evento y oír al embajador saludar a los presentes y a sus colegas de Sudáfrica y Congo, de ahí el valor de la exposición y un casi certificado de autenticidad, una muestra traída desde sus orígenes y en parte avalada por los hijos de los autores. Una muestra realmente extraordinaria.

Camerún en Edith Mbella Gallery, en calle Marqués de Cubas, 8 de Madrid.

Para documentarme sobre máscaras, estatuas y rituales he consultado: Negro. Arte Centroafricano, catálogo de la exposición del mismo nombre celebrado en el Centro de Arte Complutense de Madrid, 2010.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Casa // Arte



Paseando por Casa Arte, en la Galería de Cristal del Ayuntamiento de Madrid. He disfrutado porque el sitio es espectacular, nunca había podido entrar por una razón u otra, y las galerías de arte que exponen son excelentes. Hablar sólo de unas pocas es un ejercicio sesgado y puramente discriminatorio, todas me han gustado y con las que he hablado han mostrado, todas, un trato  muy profesional, lo que es de agradecer. Obviamente siempre hay más trato con quien ya conoces y uno intenta hacer un ejercicio de objetividad y ver las obras que ya conoce como si no las conociera, para impregnarse de nuevo de ellas y volver a disfrutarlas como si fuese la primera vez que las descubre.

EspacioFoto
Este ha sido el caso de EspacioFoto con obras de Luis Baylón, José Cavana y Jessica Lange, actualmente en la galería, un saludo entrañable y alguna recomendación tanto de galerías, obras y personas. Rafael Pérez Hernando con una muestra de Miguel Ángel Barba, también en galería, pero con un trabajo diferente, Ofelia García y una selección excelente de María Bueno que Rafael tuvo la delicadeza de comentarme personalmente. Más adelante la Galería Bat con la obra excelente de Gustavo Díaz Sosa, todas ellas con entradas en este blog. Y a partir de aquí nuevas sensaciones, nuevas obras y nuevos proyectos.

Galería Rafael Pérez Hernando
Casi cerrando el pasillo principal hay una obra de BoaMistura, justo después del stand de Montana Gallery. Para mi tiene un significado  importante porque es la inclusión del graffiti y del streetart o arte urbano, por el que siento verdadera pasión, en las ferias y galerías de arte, algo que parece que está costando.

Galería Víctor Lope
 La primera parada larga fue en la galería A Cuadros con una selección de lienzos de Iñaki Lazkoz impresionante mezcla de hiperrealismo y un alarde técnico maravilloso. Una nueva parada en la galería barcelonesa Víctor Lope con obras de Chamo San y María Rivans. Para terminar con Antonio Jiménez García, de Sevilla, con obra de Anders Scrmn y en el espacio de la madrileña Mondo Galería con fotografías de Andrea Santolaya, Fernando Maselli y José Manuel Navia.

Photosai.com
Hubo dos paradas que quiero resaltar, la primera en la galería Photosai.com que "estamos en la nube" y de vez en cuando bajan de la realidad virtual a la realidad palpable. Me envían un catálogo en PDF con la obra de Fernando Bellver de una serie de grabados tipo tradición shunga japonesa del siglo XVII al XIX de artistas como Utamaro.

Galería Trema
Por último un amena y deliciosa charla con los portugueses Trema, Ana y Pedro Loureiro que presentan obras de Constança Meira, "Monotipias", en torno a la mujer, y Joana Gancho, con "Para Madrid con amor", una serie de obras de pequeño formato de intervenciones en fotografías sobre esbozos de arquitectura urbana de una delicadeza maravillosa.

El tiempo, que todo lo puede, no dio para más y ahí he dejado a 6más1, Blanca Berlín, Marita Segovia, C Seis, Estampa, Montesqui  y muchas más que han merecido la atención y que es injusto no mencionarlas, pero que entre hoy y mañana podéis visitar, disfrutar y comprar sus obras en Casa Arte.
Galería Antonio Jiménez García

Casa // Arte, en Galería de Cristal-Centro Cibeles en el Ayuntamiento de Madrid, los días 12 al 15 de diciembre.


viernes, 13 de diciembre de 2013

Mercedes Solé: El Museo del Prado en pedazos

Junto a Las Meninas, a su izquierda, está el retrato de Felipe IV vestido de cazador, y cada vez que visito la sala del Museo del Prado me paro a contemplar este cuadro, no por el rey sino para ver el perro que posa junto a él. No me suele pasar con muchas obras porque en casi todas, y como a casi todo el mundo, me gusta recrearme en la obra completa, en la escopeta, en la mirada del rey, en el paisaje o en la postura que parece rectificada; pero a mi lo que realmente me gusta es la expresión del perro y si tuviese que quedarme con un trozo del cuadro sería éste, el perro.

Esto es lo que ha hecho Mercedes Solé con una serie de obras del Museo del Prado. Ha escogido los fragmentos que más le gusta de cuadros famosos: la mano del Caballero del Greco, el cuervo con la hogaza de pan de San Antonio Abad de Velázquez, la cabeza del caballo del Duque de Lerma de Rubens o alguna de las Hilanderas. Ha ido pintando esa sección, la que a ella le gusta, nada más, prescindiendo del resto de la obra, y luego le ha dado "un toque personal sobre el metacrilato" que las protege a modo de cristal: unas perlas en el cuello de una de las Las tres Gracias de Rubens, unos tubos de óleo sobre la paleta del pintor renacentista, un recorte del reflejo de Felipe IV junto al perro de las Meninas, las flores de Las Floreras de Goya o la delicada figurilla de la diosa mesopotámica  Ninkasi junto a la copa de un bodegón de Zurbarán.

Mercedes Solé, artista y copista del Prado, es lo que muestra satisfecha, un conjunto nuevo y personal, la copia de un fragmento y la intervención sobre él, es la forma que tiene de "situarse de forma natural en el interior de la obra que le inspira, tal hiciera con tanta brillantez el que tan notablemente incrementara la producción de los grandes artistas con que convivió" escribe Antonio Leyva en la tarjeta de presentación.

Ahora le toca a cada uno elegir un cuadro, seleccionar un fragmento y jugar mentalmente a qué nos sugiere sólo un trozo de esa obra maestra, aunque no nos atrevamos a pintarla como hace Solé, sino como un ejercicio mental y descubrir sentimientos como el melancólico aburrimiento del perro de Felipe IV de Velázquez.

El Museo del Prado en pedazos, de Mercedes Solé, en Galería Orfila, en calle Orfila, 3 de Madrid.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Miguel Ángel Barba: Ojos que no ven... - Despintando



Hay en la Galería Rafael Pérez-Hernando una de esas exposiciones que son atractivas no ya por su contenido artístico sino por la inmensa carga humana que conllevan, y quizás resulte demasiado sencillo inscribirla en lo que pueda sugerir una corriente artística, que la tiene, la más genuina expresión brut art, sino por la calidad de los artistas, un proyecto de arte inclusivo denominado "Despintando", de personas con  limitaciones en las que sus obras proyectan un sentimiento humano profundo, tierno, ambicioso y terrible, según los casos.

Poti, sentado frente a la mesa habla despacio mientras pinta sobre una cartulina negra. Dice tener pesadillas. Describe un mundo terrorífico en el que se le aparece el cadáver de Rafael Artega. Dice que pasa miedo, mucho miedo, por eso lo dibuja, como si fuese una liberación, dibuja monstruos.

Juan Francisco te coge del brazo y te lleva frente a uno de sus cuadros: "Son toldos sobre árboles -dice mostrándola orgulloso- pero sólo pude pintar un árbol. No me dio tiempo a pintar más árboles. La próxima vez pintaré más árboles". Es increíble la pasión que muestra por su obra. Otro de los artistas me pide para montar las campanas. ¿Campanas? Me comentan que son cencerros, que recoge cencerros los lustra, los arregla, les coloca esquilas nuevas, los ordena por tamaños y los hace sonar. Pero no los han traído, es un proyecto sin acabar pero perfectamente perfilado. Todo es como una síntesis, un esquema completo, sencillo, con el fin inequívoco de la expresividad más primaria, las líneas, los colores, la escritura, el sonido, la pasión, el miedo de los artistas.

No obstante, la exposición se centra en la obra de Miguel Ángel Barba "Ojos que no ven..." En torno a ella gira el conjunto de la muestra, de sus últimas creaciones: "¡No hay manera! Miren, llevo días intentando escribir estas líneas sobre la exposición de Miguel Ángel Barba (Ciudad Real, 1976) que presentamos en la galería y no me sale nada...", escribe Rafael Pérez Hernando en la nota de prensa. La obra que presenta es la evolución de su trayectoria creativa en la que ha ido eliminando las figuras y los personajes de las composiciones. Ha traído al frente las líneas que antes eran el fondo de sus primeras obras para convertirlas en la fuente principal  y única: la línea. Ya no hay comensales frente a la mesa, ni personajes posando, ha desaparecido el jarrón, la nube, la ventana; de la pared, del vestido, de las cortinas sólo quedan las líneas verticales que los formaban, cada vez más esquemáticas, más delgadas "Las franjas de color en 2008 son anchas, de algo más de 10 cm y, con el paso del tiempo, se convertirán en rayas casi imperceptibles del grosor de un hilo. Los anchos colores sensuales de sus principios acaban en líneas finísimas sobre fondo blanco".

Este paso a lo puramente esquemático, la eliminación de los personaje y objetos de "sus creaciones más o menos figurativas" a la raya hecha "de un solo trazo" con lápices de colores, es el vínculo inesperado con "Despintando", el nexo con los árboles de Juan Francisco, el cadáver de Rafael Arteaga o las esquilas reparadas, listas para sonar. Barba se vincula de esta forma con el proyecto de arte inclusivo Despintando que surgió de la mano de Raque Calvo hace dos años en el Centro Infantas de España, de Cuenca". Un proyecto en el que a través del dibujo y la pintura se intenta "ayudar a mejoraa personas con ciertas limitaciones". Es un proyecto artístico que, respondiendo a la pregunta de Pérez Hernando al final de su presentación, ha valido la pena, tanto por el aspecto creativo y artístico como por su valor humano, para mí el más positivo, por el que por sí solo ya vale la pena ir a ver la muestra.


Despintando y Ojos que no ven... en Galería Rafael Pérez Hernando, en calle Orellana, 30 de Madrid hasta el 18 de enero de 2014.