miércoles, 24 de septiembre de 2014

Sofía Santaclara: Astígmata





Al  entrar en la galería el espectador se encuentras ante un grupo de fotografías, de imágenes, que parecen guardar aún el movimiento anterior a que la lente las retuviese, borrosas, difuminadas, sin apenas un detalle en la imagen que pueda sugerirnos a un personaje, aunque adivinas, eso sí, que es la misma persona, el mismo rostro, el mismo cuerpo, unas veces en movimiento, otras en reposo, bajo el agua, en el espacio saltando o reflejado en un espejo. Entonces la mente del espectador comienza a preguntarse y a hacer propuestas de lo que está viendo, la intensidad de esos movimientos o la quietud del reposo calculado bajo una luz que parece vagar, en cada obra, sin una dirección.

 "Pensarán que soy narcisista. En todas las fotografías soy yo. Es por necesidad, porque no tengo modelo", me dice. Paseamos mirando las fotografías. ¿El movimiento? "están hechas con exposición larga, nada más".

 Astigmata, explica Eduardo Momeñe en la introducción a la exposición, en un hermoso y extenso poema en prosa, certero y directo que prologa, quizá la introducción más intensa y bella que haya leído hasta ahora, el trabajo de Santaclara , y lo eleva a tal exquisitez que es difícil de igualar, Astígmata:"Lentes astigmáticas, sí, error de refracción cristalino que torna la visión borrosa, la desfigura y la difumina".

Y retomando las obras una a una nuevamente, un paseo, ahora esquivando a los nuevos visitantes, es más fácil, quizá, entender el reflejo en el espejo, el cuerpo sumergido en el agua, el juego de los años: la edad y la luz; el tránsito de Eros a Tánatos: la vida, el juego delicado de la soledad y la adolescencia; del espejo de Alicia a los cristales de Murano y  a las aguas remansadas en los canales de Brujas. Es una sinfonía de referencias que al principio y, encabezando estas propuestas, un aforismo de Frida Kahlo, traslada al espectador directamente a la obra: "Pinto autorretratos porque estoy sola muy a menudo, y porque soy la persona que mejor me conozco".

A partir de ahora ya es más fácil comprender los viajes caprichosos de la luz y el error de refracción, incluso intuir el sonido del disparador y el obturador abrirse y la prisa por llegar al posado antes de que éste se cierre, el error de cálculo en la distancia y el tiempo de exposición; la soledad de la artista en su estudio y los pensamientos dispersos, el encuadre, la toma que por sorpresa, y sin buscarla, colma la aspiración de la artista, las horas de trabajo y ensayo, el resultado, la introspección y la autosatisfacción, algo que sólo, en este caso, sólo ella, Sofía, es capaz de percibir, y nosotros como espectadores, sospechar únicamente.

Astigmata, de Sofía Santaclara en galería EspacioFoto, en la calle Viriato, 53 de Madrid, hasta el 31 de octubre de 2014




lunes, 22 de septiembre de 2014

Rubén Darío en Ávila

Paseo del Rastro 
En el paseo del Rastro de Ávila, en los jardines que hay frente a la salida del arco del Rastro, hay un busto de Rubén Darío. Lo visito por curiosidad cada vez que paseo por allí y me pregunto ¿qué hace un busto de Rubén Darío en Ávila? Mi amigo Javier Santero me contestó que tenía una razón de ser y que intentaría averiguarla, "además, -continuó- ha publicado algo sobre ella una periodista de la prensa del corazón que al parecer es pariente suya".

Recibí un mensaje de mi amigo Javier que decía muy breve que trataba sobre el romance que había mantenido, durante casi toda su vida, con una mujer de Navalsauz, un pueblo de la sierra de Gredos, que es hacia donde mira el busto del poeta: "se llamaba Francisca Sánchez, nacida en Navalsauz. La conoció en Madrid, donde su padre era jardinero. Tuvieron un hijo que murió muy pequeño. En el pueblo hay una placa conmemorativa. Falleció en 1963 en Madrid a los 88 años".

Unos días más tarde volví a recibir una nota más extensa escrita por el padre de mi amigo que relataba la relación de Darío con Francisca que resumo brevemente:

Durante una estancia de Rubén Darío en Madrid, paseando con Valle-Inclán por los jardines de la Casa de Campo, ambos se acercaron a la casa del guardia del parque para pedirle agua. Allí les atendió la hija de éste, Francisca, de quien se enamoró. Darío estaba casado en segundas nupcias, al parecer engañado y a la fuerza, y huía de su mujer viajando por Europa: Francia, Italia y por España, que fue cuando conoció a Francisca.

Francisca viajó con Rubén Darío de un lugar a otro (Darío además de poeta y periodista era diplomático) y, aunque es presentada a la alta sociedad no puede hacerlo como su esposa en los actos oficiales puesto que su mujer legítima, Rosario Murillo, le negaba el divorcio. Casado por lo civil con Francisca tuvieron 4 hijos de los que sólo sobrevivió uno. Al comenzar la Iª Guerra Mundial, Darío vuelve a América y abandona a Francisca; al año siguiente, en 1919, el poeta muere en Nicaragua. Francisca guardó el archivo de Rubén Darío en su casa de Navalsuz, durante cuarenta años y éste fue donado a la Universidad Complutense de Madrid.

Gredos desde el paseo del Rastro
Aunque la historia es más compleja, mi intención era sólo dar a conocer por qué hay una estatua de Rubén Darío en Ávila, y para eso me ha ayudado, a través de su hijo Javier, Paco Santero, abulense y lector entusiasta a quien agradezco toda la información que me ha dado, quedando pendiente únicamente un viaje a Navalsauz para recoger alguna información de primera mano.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Eduardo Valderrey: DISurbia, la piel olvidada


El arte está, siempre he creído, vinculado a la Historia y evoluciona al compás de ésta, y para documentar tiempos pasados tan preciso es ir al origen como, en este caso, al final sin saber que quizá nosotros también somos parte de esa Historia.

En la cripta de la Galería Rafael Pérez Hernando se ha instalado un vídeomontaje donde se proyectan imágenes de edificios abandonados, grandes naves con los cristales rotos, paredes desconchadas, hierbas altas meciéndose libres y ganando espacio a lo que antes fueran oficinas, vestuarios y almacenes, sin más ruido que el viento y sin más movimiento que el de la propia hierba. En la sala se han instalado unos ventiladores que desde las cuatro esquinas semejan empujar a un mar de hojas simulando albaranes, nóminas, facturas y expedientes personales de unos obreros o de unas mercancías que dejaron de existir hace muchos años. Y de las hojas que se arremolinan en el centro de la sala, empujadas por el viento, de vez en cuando, una se eleva proyectando su sombra sobre la pantalla del vídeo para caer lenta ante la mirada del espectador.

La historia que nos cuenta Eduardo Valderrey en su proyecto DISurbia, la piel olvidada, es la memoria que nos queda de las instalaciones mineras de la montaña oriental de León, "el proceso de degradación y la desindustrialización de las antiguas instalaciones mineras en el valle de Sabero, Sahelices, Olleros, Sotillos y Vegamediana, éste último es donde centra la actuación el autor, para mostrarnos la reocupación del espacio natural por la propia naturaleza en las zonas degradadas de las antiguas instalaciones. Para ello Valderrey se sirve de foto-esculturas que nos muestran esos documentos que una vez tuvieron validez y unos edificios desvencijados, corroídos por el tiempo y el abandono; y lo hace a través de un nexo común, la figura de Tomás Allende como representante de la burguesía que industrializó el país, una industria que lenta y paulatinamente ha ido desapareciendo.

De Tomás Allende nos queda, para la memoria de este proyecto, los restos de su palacio en Burón: "En el año 1890 los derechos de extracción del valle son de Tomás Allende y de otros empresarios vascos, fundadores algunos de ellos del Banco de Bilbao..."  Una bonanza financiera pujante, fundación de empresas, compañías de ferrocarril y altos hornos para los que servirá como combustible el carbón. Todo parece dibujar un mundo feliz que vive al margen de la realidad cruel, la que "la posguerra dibujó un tiempo gris de emigración y miseria" para unos obreros que vivían al pie de la mina, que ocupan barracones y chamizos, con sueldos de miseria y frecuentes derrumbes, explosiones de grisú y la silicosis que merman sus vidas hasta poco más allá de los cuarenta años.

El paradigma de esta desolación será la construcción sólida de un palacio que se desmorona, se abandona y el pantano de Riaño amenaza con anegarlo en el olvido; desmontado, sus piedras se abandonan en un prado. De igual forma el plan del carbón arrasa con la mina y la industria que floreció a su sombra. Son tiempos de conflicto social, el paro y emigración, un abandono que se plasma en los grandes bloques de piedra que fueron el palacio, desperdigados y hundidos entre la hierba. Y al fondo de la sala, un reloj, la imagen de un reloj que parece girar. y que tiene las manecillas quietas.

¿Es el del Banco de Bilbao de plaza de Cataluña de Barcelona? Valderrey me dice que sí. Lo reconozco porque era el único reloj que se veía en la plaza, el que marcaba mis horarios de autobús y de trabajo en los años de 1970. Ya no funciona, -añade- el edifico se ha vendido a unos grandes almacenes. Es la última metáfora del abandono, de aquel esplendor ya marchito, parte del "diálogo del pasado con el presente", como dice el catálogo, y en lo personal, el sentimiento de que una parte de esta historia nos pertenece, que aquel tiempo, como el reloj de Plaza Cataluña, también se ha parado para nosotros.

DISurbia, la piel olvidada, de Eduardo Valderrey, en la Galería Rafael Pérez Hernando, en la calle Orellana, 18 de Madrid.




lunes, 15 de septiembre de 2014

Fernando Torremocha: Cartografía del espacio imaginario


"No sé que tipo de naturaleza ocultan estas construcciones", así empieza el catálogo de la exposición de Fernando Torremocha, Cartografía del espacio imaginario, una atractiva propuesta que nos transporta, entre planos y estructuras caprichosas, a un fantástico mundo dominado por la línea recta, los ángulos y las sombras- Más cercano a la labor de un arquitecto Torremocha nos presenta una obra compuesta de infinitos puntos de fuga, planos indefinidos y ausentes de color, en blanco y negro, como la cartografía del cielo de una noche sin nubes y sin luna, en que las intersecciones forman caprichosas constelaciones imaginarias.

Lo malo de ir a las exposiciones cuando ya está inauguradas es no conocer al autor y charlar sobre su obra, aunque siempre quedan las opiniones de otros visitantes: "me recuerda -dice un visitante- a las torres de Gaudí"; "Ésta, en concreto, puede recordar muchas cosas, un pieza cubista, una caballo de ajedrez, un circuito integrado, una escultura de Manuel Rivera", contesta su acompañante sobre la sugerente cartografía.

Y siguiendo el catálogo encuentro de nuevo un nexo para retomar mis sensaciones: "sólo tejiendo palabras de hilos podríamos describir la obra atrapada en el sutil desvanecerse de sus movimientos...". Pero creo que sería inútil buscar palabras sin acudir a la realidad, la visita a la galería y plantarse frente a la obra para buscar nuevas conexiones y volver a los espacios, a los planos y a las estructuras caprichosas de papiroflexia, a complejos cosmos copernicanos, a fórmula de polímeros y química, a formulaciones atómicas o a difusas líneas entre la realidad y un subconsciente perfectamente estructurado: "lejos de la palabra. Lejos de lo convencional".



Cartografía del espacio imaginario, de Fernando Torremocha, en Galería Orfila, en calle Orfila, 3 de Madrid, hasta el 27 de septiembre de 2014.



viernes, 12 de septiembre de 2014

Cráneos y calaveras


Sobre la mesa había una calavera. Le pregunté al vigilante si era de verdad, y me dijo que sí, que era auténtica. La fotografié con respeto que se debe a un muerto y sin saber nada del individuo que había sido; pensé en aquel momento que se trataba, sin más, de uno de los nuestros, un hombre o una mujer, sin un pasado ni una historia que contar. Fue en la exposición Ser-Oír, en el Centro de Arte Complutense, en 2011.

Hace unos días hice una visita a la Galería Marita Segovia, de Madrid, en la que encontré unos cráneos, aunque éstos eran obras de arte. Sólo había tres y pregunté por ellos, "uno de mármol, otro de madera y el tercero de cera", me dijeron. Recordé que hacía ya un año, en la cercana galería Fermández-Braso, expuso Isabel Muñoz y presentó una serie de fotografías sobre cráneos.

Cráneo deformado por exigencia estética
 S. Pedro de Atacama, Chile (260-300 d.C.)
Museo de América de Madrid
Unos meses antes aún, un mexicano me comentó que había leído un libro sobre los indígenas de Chipaya, en los Andes bolivianos, a unos 300 kilómetros al sur de La Paz, se trataba de Dioses y vampiros, de Nathan Wachtel. En el libro narra las costumbre de los chipayas y la relación que mantienen con sus antepasados a través de sus espíritus y los huesos del difunto, una relación muy parecida a la que mantienen con las ñatitas en Bolivia. La Paz y que narraba  Isabel Muñoz en su exposición Eros y Ritos de hacía un año: "La ñatita es un cráneo que simboliza la energía de un hombre, de una mujer o de un niño que aún no ha abandonado el mundo de los vivos". En la práctica la ñatita se comunica con el devoto "a través de los sueños en los que revelan su identidad, su historia y sus habilidades", curan, imparten justicia y protegen a las familias; a cambio el devoto comparte con él pequeñas cosas, un trozo de coca o un cigarrillo. "Los devotos cuidan a las ñatitas en un lugar destacado de la casa y éstas se integran entre los miembros de la familia dándoles protección sobrenatural".

Calavera de mármol
El rito de los chipayas con sus muertos que narra Wachtel consistía en concreto en la edificación de una tumba para renovar las ofrendas a una difunta que había muerto hacía años y que fue enterrada en una simple fosa y cuya alma, sin encontrar reposo regresaba para tormentar a su marido. Éste "de entrada degüella un cordero negro sobre la fosa, cuya sangre derrama en libaciones hacia el oeste (donde se encuentra la morada de los muertos"; luego comienza a excavar el suelo hasta que encuentra los primeros restos, "después enciende un cigarrillo a fin de que humo aleje los efluvios peligrosos, y recoge los restos, que coloca poco a poco sobre un pedazo de tela extendida al borde del agujero". El marido va enunciando los huesos por su nombre, y "no solamente extrae los huesos, sino también los tritura, los soba y los acaricia con afecto. Se reconocen con manifestaciones de ternura, las trenzas de la difunta perfectamente conservadas. El cráneo y la osamenta se limpian cuidadosamente. Se agregan las sandalias que también se encuentran casi intactas y finalmente Martín retira el frasco de alcohol con el que el cuerpo fue enterrado". Mientras los ayudantes preparan la nueva tumba. "La pieza de tela es replegada y se coloca con las ofrendas en una caja de madera, que se instala en la tumba donde se planta una cruz en el momento preciso en que el sol desaparece tras la montaña".

Calavera de madera
El rito ha cambiado con los años, del tañer constante de las campanas de la iglesia que se había reducido a unos pocos minutos, ni se transportan los cráneos a la misma iglesia como antaño, sino que se honraban los cráneos de los antepasados fundadores, cuatro en este caso, en el mismo cementerio: "Los cuatro cráneos son alineados en medio de la vereda central hacia el Sur, los alcaldes y sus esposas se arrodillan ante ellos, rezan, les ofrecen hojas de coca y derraman generosas libaciones de alcohol, rodeados por las familias. Con gestos afectuosos se encienden los cigarrillos que fuman los antepasados. Cuadro extraño y familiar el de estos cráneos venerados, con dos o tres cigarrillos, el extremo incandescente, introducidos en la cavidad nasal. Estos se consumen "solos" y cuando con facilidad arden hasta el final, es signo de buen augurio, el año será favorable y abundante la cosecha. Cuando uno de los cigarrillos se apaga, lo más natural del mundo es que uno de los asistentes arrodillados extraiga el cigarro del cráneo, se lo lleve a la boca y lo vuelva a encender, colocándolo de nuevo, respetuosamente en la cavidad nasal".

Calavera de cera
Una vez en las casas, se reciben a las almas, y "sobre la mesa, en un lugar de honor, se muestran las ofrendas: comida, bebida, hojas de coca y dulces. Asimismo, se exponen las pertenencias del difunto alrededor de su fotografía (cuando se cuenta con ella) y de una vela encendida. Los miembros de la familia se instalan en semicírculo, distribuyen las copas de alcohol evocando el recuerdo del desaparecido: se entremezclan las historias, los llantos, las anécdotas y los lamentos desgarradores. Se establece un diálogo con el alma, cuya presencia es evidente aun para mí".

Para entender la cultura andina es muy recomendable el texto de Nathan Wachtel del que he extraído parte del texto: Dioses y Vampiros. Regreso a ChipayaEd. Fondo de Cultura Económica, México, 1997.
Para hacer esta entrada he de agradecer la amabilidad de la Galería Marita Segovia, en calle Lagasca, 7 de Madrid por permitirme hacer las fotografías de los cráneos.

Calavera de Oceanía - Museo Antropológico Nacional de Madrid
Calavera de Oceanía - Museo Antropológico Nacional de Madrid
Calavera de España - Museo Antropológico Nacional de Madrid
Paranthropus Boisie. Zinj, Querido muchacho, cascanueces.
Reproducción en Museo Arqueológico Nacional de Madrid
Cráneo femenino - C9olección Olóriz - Museo de Anatomía "Javier Puerta"
Facultad de Medicina - Universidad Complutense de Madrid
De la exposición Arte y Carne en el Centro de Arte Complutense