miércoles, 27 de enero de 2016

El Jarama: antiguo camino de Francia


No siempre es necesario tomar el avión, ni siquiera el tren para hacer un viaje reconfortante y entrañable. La historia y el día a día que surge a nuestro alrededor son lo suficientemente atractivas; es la atracción que tienen las cosas sencillas de nuestro entorno que bien vale la pena prestarles un poco de atención. Una jornada del sábado para hacer este breve, intenso y a la vez sosegado recorrido un día de invierno, con temperatura otoñal, junto al Jarama por el antiguo camino de Francia.

Salimos de Madrid con 9º a las 10:30 y con el temor de que hubiese nieblas agarradas a la ribera del Jarama. Tomamos la salida dirección a Algete y allí, ya con 12º y el cielo despejado, recogimos a unos amigos, cambiamos nuestro viejo Opel por un más que confortable Mercedes y salimos por la carretera M-103 dirección a Fuente el Saz de Jarama donde hicimos la primera parada hacer unas compras en el mercadillo que se monta en el pueblo todos los sábados: mandarinas, patatas, fresas, aceitunas de Campo Real, ajos blanqueados y tres sardinas arenques para la cena. Aprovechamos y damos una vuelta a pie por el pueblo hasta llegar a la iglesia cuya torre destaca sobre los tejados. La iglesia está en obras y rodeada de andamios, dedicada a San Pedro lo más llamativo son las cigüeñas que ya anidan. Hecha la compra salimos dirección a Talamanca de Jarama, a 12 kilómetros hacia el norte.

Talamanca de Jarama, según mi guía de turismo, contó con una fortaleza "Talamanka" árabe "fundada antes de 860 como paso clave para la defensa de Toledo". Quizá para defender un espectacular puente romano sobre el caz o acequia de riego, que no sobre el Jarama que corre unos metros más al oeste. En invierno el puente de piedra se distingue entre una chopera que durante el resto del año lo debe hacer casi invisible o destacar muy poco entre la fronda. Es un paseo agradable, incluso saliéndose del camino para pasear sobre la  hojarasca.

El cartel informativo que hay junto a mismo puente apunta que éste pudo construirse entre los siglos II y III. "Es posible que el caudaloso río Jarama y su tendencia al desplazamiento lateral hacia el NO, aconseja a los mismos romanos adosarle grandes tajamares aguas arriba y sería con posterioridad, tal vez en el medievo y ante su necesidad para la conquista de España, cuando se restaura desviando hacia el N la entrada desde Talamanca y alargando poco a poco el puente y desviándolo hacia el oeste en distintas etapa (no hay prolongaciones rectas, existen diferentes anchuras de la plataforma, etc.)". Una singularidad del puente es que el arco central está junto a la población y se prolonga por cuatro arcos menores, todos en el lado opuesto "que desemboca en una gran chopera, escenario bucólico que casi sepulta esta construcción". Tras acercarnos a la ribera del Jarama cruzamos de nuevo el puente para regresar al pueblo.

Junto al puente esta la ermita de la Soledad, una construcción barroca que sólo pudimos ver desde el exterior, al igual que el gran edificio de La Cartuja que construyeron los cartujos de Santa María del Paular en el siglo XVII. Siguiendo la tapia de ladrillo y pasando la entrada "una gran puerta adintelada con sillares conservándose la puerta de madera de la época con casetones y clavos. Sobre el vano separado por una imposta resalta un frontón curvilínea". Tanto en la cartuja como en el puente son en la actualidad escenarios para rodar películas de época.

Siguiendo la pared de la cartuja se llega hasta la iglesia de San Juan Bautista. Es un edificio del siglo XVI que aún conserva el ábside románico del siglo XIII con la totalidad de sus canecillos en muy buen estado. No pudimos ver el interior del templo, pero el exterior bien vale la pena detenerse un buen rato y recrearse en las pequeñas figuras que adornan las cornisas, los capiteles y los canecillos, no en vano es una de las pocas construcciones románicas que aún se conservan en la Comunidad de Madrid.

Desde allí llegamos hasta la plaza de la Constitutción donde se encuentra otro formidable ábside, el de la iglesia mudéjar de la Iglesia de Los Milagros "de mediados del siglo XIII, situada en la plaza del pueblo que levantaron los árabes cristianizados y de la que sólo se conserva el ábside mudéjar". Desde aquí siguiendo la calle de la Villa, una cuesta que lleva hasta el río se atraviesa una de las puertas de acceso a la villa y los restos de la muralla "reconstruida varias veces". En esta calle junto a la plaza compramos pan de cereales y blanco candeal y con 14º a las 13:30 salimos hacia Torrelaguna.

Seguimos la M-103 hasta llegar a la N-320 a unos 2 km. Desde el cruce hasta el de Torrrlaguna hay unos 7 kilómetros dejando a un lado Valdepiélagos y a otro El Espartal. Lo primero que se ve nada más entrar en el peblo es la impresionante espadaña del Monasterio Franciscano, un edificio en ruinas, que fue fundado por el Cardenal Cisneros. Su ruina se debe a los estragos de la Guerra de la Independencia contra los franceses y posteriormente a su abandonado tras la desamortización de Mendizábal.

Natural de Torrelaguna, sin lugar a dudas, el personaje principal es el Cardenal Cisneros a quien se debe también parte de la ampliación de la Iglesia Parroquial de Santa María Magdalena, un bellísimo edificio que "constituye uno de los mejores exponentes del gótico madrileño". Llegamos justo cuando terminaba la última visita y nos dejaron entrar para ver el templo: una voluntaria nos facilitó una pequeña guía. Lo más reseñable es retablo barroco que se cree de Narciso Bartolomé y la talla central del retablo, una magnífica imagen de la Magdalena de Luis Salvador Carmona. A la izquierda de éste hay una capilla donde se exhibe el Cristo de Cisneros, de excelente factura, regalo del Papa Alejandro VI a los Reyes Católicos, y a su lado la sepultura del poeta Juan de Mena, muerto en es la población en 1456 accidentalmente al caer de una mula.

La Iglesia tiene tanto elementos góticos como renacentistas. La puerta de acceso está flanqueada por dos hermosas torres cilíndricas que se corresponden con las ampliaciones de sendas capillas del interior. Para terminar no debemos olvidar a otro insigne personaje, a María Toribia, también hija de Torrelaguna, más tarde conocida por Santa María de la Cabeza, mujer de San Isidro Labrador; estuvo enterrada en este templo hasta que sus restos se trasladaron a la Colegiata de San Isidro en Madrid en 1645 "a pesar del amotinamiento de los vecinos que se opusieron al traslado".

Llegada la hora de comer dejamos de visitar el pueblo. Tuvimos en la disyuntiva de comer como turistas, a la carta, aunque no muy caro, o como el común. un menú económico Decidimos un menú sencillo: judiones de La Granja y rabo de toro, vino de la tierra, al que hay que añadir por fuerza gaseosa, y postre. Tras un breve recorrido por el pueblo, porque la comida, como la cena, hay que pasearla, decidimos tomar café en el cercano Guadalix de la Sierra- Dejamos el resto de edificios, museo de arte incluido, para la próxima visita, toda vez que nos emplazaron a las próximas semanas para degustar un menú de matanza que se promete grandes sensaciones.

Salimos hacia Guadalix de la Sierra por la N-320 hasta cruzar las A-I, a partir de aquí la carretera se llama M-508, bordeando el embalse de Pedrezuela. El embalse en esta época está casi seco. Con las primeras sombras de la tarde los patos, nadaban en la misma dirección, parecían barcas de desembarco que dejan tras de si la estela que marca el rumbo a la costa que se va a conquistar. Como no habíamos programado la visita a penas si teníamos información del pueblo. Sólo contábamos con que allí se rodó Bienvenido, Mister Marshall. La bienvenida la dan dos figuras a la entrada del pueblo. No me gustó la plaza de la Constitución, recién remodelada, donde otra figura, esta vez del "alcalde" Isbert da su discurso desde el balcón del Ayuntamiento, coronado éste por una torrecilla con un reloj que ya conocía de una exposición.

Sin embargo, impresiona la iglesia que parecía haber sufrido el derrumbe de la nave central quedaron sólo en pie la cabecera y la torre del siglo XVI. En efecto, la nave central se incendió durante la Guerra Civil y hubo de reconstruirse mediado el siglo XX de ahí el contraste de la construcción. Dimos un paseo y aún pueden verse alguna casas de construcción tradicional. De nuevo a la plaza de la Constitución tomamos un café en una cafetería moderna con el ambiente de un pasado no muy remoto. El sol de la tarde penetrando por amplias cristaleras, el televisor encendido, un partido de fútbol y un par de parroquianos más atentos a lo que ocurría en la calle que a la pantalla de plasma. El sol declinaba y en el cielo podíamos ver bandadas de gaviotas se reflejaban gris como el acero volando hacia el oeste. Ya no había tiempo para más. Volvimos hacia la A-I y de allí a recoger el viejo Opel en Algete que nos traería de vuelta a Madrid.

Guadalix de la Sierra

jueves, 21 de enero de 2016

Fernando Zóbel: c. 1959


No es frecuente tener la oportunidad de ver una exposición individual de Fernando Zóbel (1924-1984), aparte de ser una sorpresa bastante agradable, es un motivo más que suficiente para introducirse y rescatar, en parte, nuestro impresionismo abstracto a través de uno de sus artistas más representativos, tanto por su obrar como por su labor de fundador del Museo de Arte Abstracto de Cuenca.

Las obras que presenta la Galería Cayón, en su sala //espacio en Blanca, con el título Fernando Zóbel | c. 1959, están realizadas en ese año de 1959 y, para no abundar mucho en impresiones personales en mi especial atracción por este período, os dejo la descripción que de la exposición se hace en la nota de prensa a la vez que nos sirve perfectamente como guía en el recorrido por la sala.

En las obras, "se hace patente cómo Zóbel a finales de los años 50 reduce al máximo la escala cromática y el grosor del trazo. Al final solo queda el blanco y el negro y finas líneas creadas no con el pincel sino con jeringuillas de cristal. Esta técnica innovadora le permitió expresar con la máxima precisión el tema que por entonces investigaba, a saber, el movimiento. Lo plasmado, sin embargo, no es el movimiento de un objeto particular sin más bien su concepto, el universal. Se trata de la expresión del movimiento sentido, no imitado. O dicho de otro modo, es la velocidad visualmente captada y traducida a través de gestos pulidos, de líneas negras con que Zóbel transformó estos lienzos en una lírica fugaz. Entre ellos se encuentra "Nacimiento de Pegaso", presente en la Bienal de Venecia de 1962.".

Nacimiento de Pegado
Fernando Zóbel | c. 1959, en Galería Cayón //espacio en Blanca, en la calle Blanca de Navarra, 7 de Madrid hasta el 6 de febrero de 2016.



viernes, 15 de enero de 2016

José Núñez: La fiel y permanente Naturaleza


Divertido es el adjetivo que más oí durante la inauguración de la exposición de José Núñez, en la Galería Orfila, aunque su obra más que divertida es fresca y personal; utilizaría ese punto de humor, de diversión como la definían los presentes, a la sensación de espontaneidad que transmiten sus obras, tanto su pintura como, sobre todo, sus terracotas policromadas. Es difícil escapar del diálogo que mantienen ambas disciplinas, y sería un error intentarlo. Su pintura es de trazos enérgicos y seguros dominada por colores cálidos sin apenas mezclas sobre el lienzo, son el paradigma de la aparente ingenuidad del conjunto de las obras y el delicado trasfondo de sensaciones que emergen en ellas: los sueños, los deseos, la fantasía y las realidades que el autor nos brinda.

La fiel y permanente naturaleza, paisajes soñados, paisajes vividos o simplemente imaginados en los que se confunden la realidad del yo que estuve allí o la ilusión  y el deseo de haber estado: paisajes idílicos en los que la domina la sensación de quietud muchas veces, fijando la escena, y en otras la paz y el sosiego suavizados en mínimo movimiento que se desprende de unas nubes apenas esbozadas, tan blancas como transparentes, sobre un azul celeste tan celeste como el cielo mismo. Núñez nos invita a un viaje ilusionante a través de unos paisajes en los que prácticamente esquematiza las formas y los colores, como en la oscuridad de la noche tan luminosa de Luna llena.Y aquí y allá, en cada uno de los cuadros, con una pincelada casi imperceptible, es fácil reconocer un personaje, un hombre, una sombra o un perro, elementos que se apropian de la escena para certificar que la acción ha ocurrido de verdad.

En este todo es difícil deshacer el diálogo entre los paisajes idílicos y el panteismo emergente de las terracotas. Es casi inevitable que las piezas nos recuerden las pequeñas sacerdotisas cretenses o a las Astarté fenicias, pero sería muy sencillo quedarse ahí, en sus gestos, unas veces procaces y voluptuosos, otros inmersos en la obscena ingenuidad propia del Jardín del Edén, sin intentar ver en ellas expresiones tan comunes como los propios títulos que las evocan e identifican y que en ocasiones nos hacen sonreír: La maja yacente, La sentada, Dolido en las entrañas o Anonadado, El catálogo de la exposición nos orienta en este sentido: "Su aspecto es de unos tiernos personajes en los que destacan sus grandes cabezas, de ojos circulares de mirada vacua y de sorpresa, remarcando de forma evidente su carácter sexual y de procreación".

Y en este juego, en el mencionado diálogo entre seres, duendes e ídolos paganos y las pinturas en las que abunda la luz y el color, el espectador es tan libre de buscar su propia interpretación como la del autor de dejarnos en la incógnita de si esos paisajes han existido o los ha soñado, si por ese camino entre suaves montes quien avanza es Ulises y su perro o si la playa no es más que el desolado escenario donde la desdichada Dido agoniza en su amor tras ser abandonada por Eneas.

Muy recomendable y atractiva es la lectura del texto que acompaña el catálogo de la exposición, La futura morada, de David Lechuga, en la que propone desprendernos de la visión contaminada "que nos acompaña en la vida" y prestarnos con mirada limpia, con una contemplación sencilla y profunda ante la obra de Núñez, centrando casi exclusivamente su análisis en las terracotas policromadas por lo que conviene acercarse, con más razón aún, a la galería.


La fiel y permanente naturaleza, de José Núñez, en Galería Orfila, en calle Orfila, 3 de Madrid, hasta el 27 de enero de 2016.






miércoles, 6 de enero de 2016

El torreón de Pinto


Tengo una pequeña guía turística de la Comunidad de Madrid en la que se recomiendas excursiones y escapadas en la que ni tan siquiera se recomienda la visita a Pinto, al sur de la capital, para ver este torreón, quizá sea porque no se permite el acceso, por lo que lo hace pasar desaparcebida su existencia, aunque sí se le dedica un artículo en el libro Castillos, fortificaciones y recintos amurallados de la Comunidad de Madrid, de Fernando Sáez Lara editado por la Conserjería de Educación y Cultura de la propia Comunidad.

El Torreón de Pinto, en la actualidad Torre de Éboli, por haber estado allí recluida Doña Ana de Mendoza de la Cerda, Princesa de Éboli y Duquesa de Pastrana, como ya se verás más adelante. El torreón está justo enfrente de la estación de ferrocarril, lo que hace muy fácil su localización y puede ser una parada programada, aunque breve, de cualquier excursión hacia el sur de la Comunidad madrileña.

Sobre el edificio y su historia existe una breve explicación en un cartel que hay frente a la puerta de entrada, que lo describe como el edificio más antiguo de la localidad; tiene plata rectangular de 16,5 x 10 metros, una altura de 25 metros de esquinas redondeadas, "Fabricado en piedra caliza y rematado con friso de canecillos y ocho ménsulas que probablemente actuaran como soporte de antiguos garitones hoy desaparecidos. El edificio consta de sótano y tres plantas a las que se accedía por la segunda mediante una puerta elevada a 6 metros de altura que se conserva en la fachada oeste.
Existe la polémica de si esta torre pudo formar parte de un antiguo castillo. Aunque en las referencias históricas se la denomina tanto "palacio" como "castillo" o "fortaleza", diferentes autores coinciden en señalar que se trata de una torre señorial, utilizada como lugar de residencia y símbolo del señor. Sí conocemos la existencia de foso y muralla".
Se desconoce la fecha de construcción, "lo más probable -añade- es que se construyera al convertirse la aldea de Pinto en villa de señorío que cede Pedro I el Cruel a D. Íñigo López de Orozco en 1359Durante el siglo XVI y XVII este edificio fue utilizado como prisión de notables entre los que destacan la Princesa de Éboli y Antonio Pérez, acusados del asesinato del secretario de D. juan de Austria".

Siguiendo la publicación de Fernando Sáez Lara, el interior del torreón se divide en tres cámaras superpuestas, cubiertas con bóveda de cañón, las dos inferiores de poco más de siete metros de altura y la superior un metro más baja. En la primera planta debían hacerse las actividades colectivas, recepciones; en la segunda era cámara privada y alcoba, y la planta baja se destinaba a los servicios y almacén. Destaca que la iluminación debió ser bastante escasa, "la luz sólo entra por unos pequeños vanos en arco de medio punto o rebajado y, al hueco de la escalera, por unas estrechas aspilleras", siendo la ventana del primer piso  y la puerta que hoy está justo debajo, de construcción más reciente. Además de los remates de canecillos y las ocho ménsulas que rematan el torreón, hay dos escudos que destacan en los muros exteriores. "uno de piedra sobre la ventana del primer piso en la fachada oriental, y otro, en azulejos, en la fachada meridional. El primero, con dos ojivas superpuestas, debió pertenecer a alguno de los señores que ocuparon el el edificio. El segundo, un ajedrezado, es, según Cooper, el blasón de la familia Toledo. Se destaca sobre un arco ojival cegado. Puede tratarse tanto de una disposición original para enmarcar el escudo como de una de las ventanas del torreón, inutilizada tiempo atrás".

Sobre su historia, asegura que si bien existen restos romanos y visigodos no existen vestigios de presencia musulmana como se asegura en la hipotética existencia de una mezquita en el cerro donde se ubica la actual iglesia. Sí está atestiguada la existencia de una pequeña aldea a finales del siglo XII: "El 7 de febrero de 1184, se amojonan los términos entre Pinto y Valdemoro por orden de Alfonso VIII, quien intervenía de esta forma en el célebre y prolongado conflicto entre Segovia y Madrid por el reparto de jurisdicciones". Fernando III confirmará esta sentencia en 1239 quedando Pinto bajo jurisdicción de Madrid y Valdemoro en la de Segovia. Durante los dos siglos siguientes se supone que la población pasaría por varios dominios señoriales hasta que "hacia 1430, recayó en el de los Duques de Arévalo, responsables, con toda probabilidad, de la construcción del torreón". Al establecer éstos una de sus residencias en Pinto, y coincidiendo con la promoción al rango de villa, debió propiciarse un crecimiento demográfico y económico en la localidad  ubicada junto a la ruta que comunicaba con Andalucía.

El apoyo que prestaron los Duques de Arévalo a la causa de Juana la Beltraneja en la lucha por el trono de Castilla frente a Isabel la Católica, éstos hubieron de ceder en compensación el torreón en 1476 al Cardenal Mendoza, pasando de esta forma "a la Casa del Infantado, recayendo su usufructo en Rodrigo de Mendoza, nieto del cardenal. Doce años después aparece como propiedad de Leonor de Toledo". Los cambios de propiedad se sucedieron a partir de entonces "al entrar el torreón, como otras propiedades señoriales contemporáneas, en la política de donaciones, herencias y dotes de las distintas casa nobiliarias".

Durante el siglo XVI el torreón adquiere una función que lo caracterizará al servicio de la Corona como prisión de nobles. "El 28 de julio de 1579, y por un período de seis meses, era encarcelada la Princesa de Évoli, condenada por sus intrigas cortesanas. El 28 de julio de 1589, y por período de dos meses y medio, el subversivo Antonio Pérez. El 18 de abril de 1590, y por nueve años, su mujer y sus dos hijos". Esta función se le asignó a varias fortalezas y debió responder a la necesidad de someter a cautiverios a personajes influyentes no muy lejos de la Corte, lo que facilitaría su comparecencia en los largos procesos a los que eran sometidos, y a la vez mantenerlos vez lejos del apoyo de sus partidarios.

"En 1623 se crea el Condado de Pinto, que recayó en sus nuevos propietarios, los Duques de Frías". Durante un tiempo siguió siendo prisión hasta que a finales del siglo XVII cae en el abandono llegándose a destinar como palomar y otros usos, lo que posibilito junto "a la calidad de su fábrica" llegase intacto a la década de 1940 cuando la actual Duquesa de Pastrana lo rehabilita devolviéndole su primitiva función residencial. Por ello el edificio no se puede visitar por lo que hube de conformarme con rodear el recinto amurallado y, aprovechando que los árboles se despojan de hojas en otoño, fotografiar hasta donde la vista alcanza porque, como indica Sáez Lara, "es propiedad privada y no está habilitado para su visita".


Para elaborar esta entrada he consultado el libro ya citado Castillo, fortificaciones y recintos amurallados de la Comunidad de Madrid, Dirección General de Patrimonio Cultural de la Consejería de Educación y Cultura de la Comunidad de Madrid, cuyo catálogo ha sido elaborado por Fernando Sáez Lara. Madrid, 1993.